Frente al retrato de una temporalidad apaciguada, tanto propia como compartida y, esencialmente, impregnada de humanidad que María Elena Walsh nos dio en su poema “De mis tiempos” (1965), el contraste con la actualidad es notorio.
La fugacidad actual del tiempo: “El maleficio de la prisa”, de María Elena Walsh (Parte III)
Huérfano de una estructura que lo oriente, el tiempo actual se consume en la fragmentación. A partir de Byung-Chul Han y María Elena Walsh, este texto explora los estragos de la hiperactividad circunscripta al presente y propone rescatar un lugar para la vida contemplativa, a fin de que el hombre habite el tiempo con sentido y significado.

Al encontrarse hoy la atención humana influenciada y, prácticamente, dirigida por la tecnología, esta la somete a una sucesión de acontecimientos instantáneos que salta de un asunto a otro en un corto plazo, sin posibilidad de permanencia. Todo se torna un ajetreo.
Hay un constante “zapping entre las ‘opciones vitales’...”, como expresó el filósofo Byung-Chul Han. En el espacio que brindan internet y las redes sociales predomina un “tiempo-ahora”, puntual y discontinuo.
Se pasa de un “link” a otro sobre las más diversas cuestiones, de modo que cualquier situación se reduce a un presente sin duración. Internet importa una multitud de alternativas, lo cual hace -observó Han- que no se tenga “la obligación ni la necesidad de demorarse en un lugar”.
En la vida contemporánea existe una percepción generalizada de que el tiempo se acelera, una vivencia con mezcla de fugacidad y vértigo. El filósofo Byung-Chul Han asumió esta sensación y la analizó en “El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse” (año 2009).
Este pensador surcoreano explicó que, en realidad, eso que experimentamos como aceleración solo es el síntoma de otra cuestión. Lo que existe es una “dispersión temporal”, que podemos percibir al notar que el tiempo discurre sin rumbo alguno. En sí, se ha producido una “atomización” del tiempo.
Al atomizarse, este perdió “duración”, en tanto no hay un espacio entre un instante y el siguiente. Esto obedeció, para Han, a que el tiempo perdió orientación y sentido, pues ya no hay nada que lo rija. A esta crisis la denominó “disincronía”, un estado en el cual el tiempo “carece de un ritmo ordenador”.
A diferencia del tiempo que recordaba Walsh, en el que una higuera, una rosa y hasta las siestas brindaban sentido y ritmo temporal al hombre: “la higuera derramaba esparcimiento/ y una rosa nos duraba/ mucho más que cualquier empleo./ Por otra parte las siestas/se pedían prestadas a la muerte”.
Actualmente, los instantes no están vinculados debido a que no existe una estructura que les dé un lugar. Si la tuvieran, adquirirían un significado y, justamente, el problema radica en la falta de sentido que los vincule. Al no tener dirección y unidad como carecer de sujeción, escribió Han, el tiempo no puede acelerarse ni “llegar antes” a un destino que no posee.
La falta de duración hace que el intervalo existente entre un acontecimiento y otro dé lugar a un momento de vacío o aburrimiento, lo cual insta a acortarlo en una búsqueda constante de ocupación. Aquí es donde se puede percibir, señaló el filósofo, la aceleración como síntoma.
Incluso para Han, la aceleración, más que ser síntoma, expresa que “se han roto los diques temporales”, esos que regulan, articulan o dan ritmo al flujo del tiempo. Toda aceleración, expresó Han, presupone que hay caminos unidireccionales. El hecho de que los procesos avancen sin dirección alguna permite entender que no se trata de una aceleración propiamente dicha.
Lo que sucede, observó Han, es que “ya no se es capaz de llegar hasta el final de una posibilidad”, no se logra arribar a la tranquilidad que importa algo que tenga unidad de sentido. El exceso de posibilidades equivalentes no permite conducir a una de ellas a su fin.
Al no finalizar ningún acontecimiento de peso existencial, nada colma la vida. En un tiempo que “no se estructura en cortes, finales, umbrales ni transiciones”, sino -conforme explicó Han- en un apresurado ir de un presente a otro, la vida entra en un clima de inquietud, confusión y desorientación.
El sujeto mismo se identifica con la fugacidad y lo efímero, convirtiéndose en “algo radicalmente pasajero”. Hay también, consideró Han, una “atomización de la identidad”, en tanto cada uno “se tiene a sí mismo, al pequeño yo”. La dispersión temporal existente no permite una compilación personal que dé una identidad estable, pues existe una incapacidad de síntesis narrativa y temporal.
A diferencia de lo recitado por Walsh: “Los espejos/ esperaban de sobra/ que uno peinara su pausado pelo,/ que uno se terminara de encontrar”. Era un tiempo que coadyuvaba a alcanzar la identidad.
La falta de una narración de la vida le quita drama y la convierte -expresó Han- en un “zumbido sin rumbo”. Sin tensión narrativa se cae en una mera enumeración de acontecimientos. El narrador, advirtió el filósofo, al no poder ser capaz de reunir los sucesos que lo rodean, no puede encontrar una identidad estable.
Para Han el tiempo ha perdido su aroma. María Elena Walsh había escrito, en ese sentido, que “el tiempo era un perfume”. Cuando pierde su aroma está atomizado y enflaquecido, despojado de cualquier estructura de sentido. Solo lo recobrará, a criterio de Han, cuando la “vita activa” acoja de nuevo la “vita contemplativa” en su seno.
La vida contemplativa importa la capacidad de demorarse. A través de ella, el hombre se liberará de su “hiperkinesia” cotidiana. Es una pausa con valor propio que no pretende ser productiva, sino un vivir el tiempo con humanidad y no una existencia mercantil e hiperactiva.
Lo hubo pretéritamente, al punto que se lo regalaba o compartía como mostró Walsh: “Quizás el tiempo era como las frutas,/ se regalaba a los vecinos/ después de verlo madurar./ Se compartía en las veredas”. Incluso estaba el tiempo que se perdía sin preocupación productiva: “Y la eternidad, sentadita/ en su silla de paja, porque sí”.
Al ahondar sobre lo que da sentido al tiempo, es decir, qué hace que tenga aroma, Han destacó la importancia de la narración. Cuando el hombre narra su relación con los acontecimientos que vive, la temporalidad adquiere duración y genera sentido. De esa manera el tiempo pasa a poseer perdurabilidad, al igual que profundidad y amplitud, es decir, espacio.
Con la atomización, sucede que “todos los momentos son iguales entre sí”, lo cual no permite saber qué tiene importancia y, entonces, consideró Han, todo pierde trascendencia. De ahí la necesidad de una “historia” de lo que sucede, donde -según el filósofo- se “selecciona y canaliza el enredo de acontecimientos, le impone una trayectoria narrativa lineal” que involucra todos los tiempos.
En cambio, actualmente, se está siempre ante un “presente” que queda reducido a “un punto temporal fugitivo”, sin llevar consigo “la larga cola del pasado y del futuro”. Para que cese su huida sin rumbo, Han entendió que es necesaria una “tensión temporal”. Esta se logra si el tiempo posee sostén y sentido, lo cual requiere que el pasado y el futuro comprendan y abarquen al presente.
El filósofo mostró que hay prácticas temporales genuinas, en que el presente continúa en el futuro y ambos se entrecruzan: la promesa, el compromiso y la lealtad. Allí se genera “una continuidad temporal que estabiliza”, protegiendo “al futuro de la violencia del destiempo”.
Cuando el presente trasciende su temporalidad, puede ser conservado para el futuro, como Walsh expresó: “Es que era siempre tan temprano/ y tan segura la abundancia,/ la inundación de treguas oportunas,/ que se guardaba el tiempo en los sombreros/ y un día se lo derrochaba todo/ en un solo saludo, saludando”.
En la fragmentación, al contrario, se cae en la angustia y en la inquietud porque aumenta la atemporalidad, advirtió Han, pues “el corto plazo, cada vez más común, desplaza a una praxis vinculadora a largo plazo”. Al buscarse que todo esté “a disposición aquí y ahora”, resaltó el pensador, “la instantaneidad se convierte en pasión”.
Esta ausencia de pautas temporales, aclaró Han, no importa un aumento de la libertad, sino una desorientación. Así, el tiempo no es, como lo deseaba María Elena Walsh, un “tiempo sin ser castigo”. Ella quería una temporalidad en función del hombre, ese tiempo que da lugar al sentido de la vida, uno que nunca podría parecerse a algo que se nos escabulle como si nada de entre las manos.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.












