El psicoanálisis siempre ha sido una teoría que no encaja en los parámetros del sentido común, es decir, aquella convención cultural que orienta las prácticas y sensibilidades en un tiempo y lugar dado.
Más acá y más allá de la chifladura colectiva

Es una teoría que perturba las certidumbres y lugares comunes -por ejemplo, en los conceptos de inconsciente y pulsión de muerte-, de allí las simpatías y rechazos que acompañan su devenir en los últimos ciento treinta años.
Aunque el sentido común no es una referencia de consensos absolutos -solo hay que pensar en los debates vigentes para captar que suele ser invocado para legitimar posiciones contrarias-, también es cierto que existen ideas que tienden a ser adoptadas por una mayoría, más allá de las resistencias necesarias y puntos de fuga esperables.
Precisamente, es allí donde el psicoanálisis muestra su rasgo diferencial, sin por ello introducir una valoración jerárquica entre las psicoterapias. Para resguardarse un poco de las idealizaciones que culminan en los fanatismos, es necesario asumir que, el que no se enreda en una cosa, se enreda en otra. En lo humano no hay excepción, la necedad nos alcanza a todos en alguna encrucijada.
Sigmund Freud llamaba "narcisismo de las pequeñas diferencias" a la necesidad de exagerar los contrastes para afirmar, mediante un forzamiento, la propia identidad. Es un mecanismo psíquico que forma parte del catálogo de tonterías de las cuales participamos en lo cotidiano, aunque a veces tiene consecuencias para nada tontas (intolerancia, segregación, racismo, etc.).
También propuso, en calidad de consejo técnico, el uso del diván en un segundo tiempo de la terapia analítica. No obstante, dicha indicación no fue adoptada inmediatamente por todos sus discípulos. Entonces Freud se preguntaba si acaso solo era una "manía de hacer las cosas diversas" o el "deseo de no hacer lo que otros".
Señalaba así una posición bastante conocida, un poco enredada y a veces mezquina, aquella que consagra todas las energías a ir en contra de la corriente. A falta de saber qué se quiere, se opta por ir en sentido contrario.
Sin embargo, en cuanto a las teorías psicológicas y la condición diferencial del psicoanálisis, aquí no se trata solo de "hacerse el distinto" para satisfacer aspiraciones narcisistas, sino de un abrirse a la complejidad que habita en el ser hablante y asumir las consecuencias que se derivan, nos gusten o no.
Dicho de otro modo, las diferencias respecto del sentido común distan de ser pequeñas y es algo que puede argumentarse. ¿Qué se entiende por sentido común? Antes que un tesoro de sabiduría popular, supone un conjunto de ideas presentadas como verdades evidentes. En esencia, es una forma de razonamiento que tiene prisa por concluir y por eso mismo tiende a conformarse en los reduccionismos.
Cuanto más se ignoran las causas de los problemas, más necesario se hace comprenderlas mediante un atajo cualquiera. Si la impaciencia es su marca de origen, la intuición es la materia prima con la cual se rellenan los agujeros en el saber.
Así, por ejemplo, el niño que se porta mal en el colegio quiere llamar la atención. Del mismo modo, aquel que se enferma de tanto en tanto, es porque no expresa sus emociones adecuadamente.
Si acaso alguien está triste por la pérdida de su mascota de la infancia, no hay que esperar demasiado para que irrumpa la idea de regalarle otra. Por supuesto, la tristeza es una reacción afectiva esperable, porque lo imposible de repetir es el lazo que allí fue posible construir.
Sin embargo, en el capitalismo tardío los objetos se ofrecen como el mejor remedio a la infelicidad. Un escritor español decía que "el dinero no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo". Incluso en el discurso jurídico un daño se indemniza con moneda de curso legal.
Por más imposible que sea esta ecuación -al igual que en la teoría de los conjuntos, las manzanas y los relojes no se suman ni se restan porque pertenecen a órdenes distintos-, aun así, es una equivalencia que forma parte del sentido común.
Antes que culpar del estado de situación a una minoría de magnates tecnológicos cuya mano invisible decide los destinos de las masas, ninguna tendencia prospera en el mundo sin el consentimiento pasivo de una mayoría. Si existen plataformas cuyo propósito es simular compras en línea, es porque la compulsión a comprar crea la oferta.
También se dice que las redes sociales están diseñadas para generar adicción. Aunque sea cierto, incluso la mejor carnada del mundo necesita de un pez glotón que muerda el anzuelo. Si el catálogo de adicciones es bastante extenso, más allá de sus encarnaciones particulares, conviene introducir una pregunta sobre lo adictivo de la condición humana en sí.
Hay quienes piensan que las soluciones llegan con las prohibiciones, sin embargo, hay algo que insiste de todos modos, tal como en la escena tragicómica del pirómano y el bombero.
Sin duda, el horror a la tristeza forma parte del sentido común de nuestro tiempo. Por eso la cultura demanda pasar rápidamente a otra cosa, sea medicalizando, reduciendo los ritos funerarios y prescribiendo un duelo express para no correr el riesgo de ser incluido en alguna forma de trastorno mental.
La pregunta sobre qué se pierde en lo que se perdió -esencial en la elaboración de un duelo-, supone demasiado tiempo para una época que exige y sobrevalora la rapidez y la eficiencia, así sea al precio de una deshumanización.
No está de más recordar que, para algunos antropólogos, el gesto de enterrar a nuestros muertos constituye uno de los primeros signos de la civilización, aquello que en lo simbólico nos distingue del reino animal.
Donde quiera que se pose la lupa, de cerca las respuestas terminan por revelar sus contradicciones e inconsistencias. En consecuencia, el sentido común es una de las formas de renegar de la complejidad de los problemas.
El autor es psicoanalista, docente y escritor.













