Nos escribe Mariana (37 años, Resistencia): “Hola Luciano, ¿cómo estás? Te escribo para preguntar por la relación entre psicoanálisis y ciencia. En el último tiempo leo también que hay autores que lo vinculan con la religión. ¿Cómo una práctica psicoterapéutica puede estar entre esos dos polos?”
La ilusión del porvenir
Frente a los temores del presente, las ideas freudianas sobre la razón, el lazo social y el límite a los impulsos mantienen una vigencia reveladora hoy día.

Querida Mariana, muchas gracias por tu consulta. Para darte una respuesta haremos un breve comentario de un texto clásico de Sigmund Freud, “El porvenir de una ilusión”, resulta inevitable confrontar los casi cien años que nos separan de su publicación en 1927.
Este es un texto profundamente motivado por el anhelo freudiano de que pueda existir una cultura que no se constituya sobre las representaciones religiosas como vía para validar, regular y autorizar las renuncias pulsionales necesarias para la vida en comunidad. Para Freud, la vía paradigmática de sustitución de la religión era la ciencia.

Él mismo admite en el texto haber sido tomado por una ilusión: la confianza en el intelecto y el progreso científico. Sin embargo, nuestra época habita una realidad muy distinta respecto de esta relación entre cultura, ciencia e ilusión.
Hoy sabemos que los nuevos avances de la humanidad -como los dilemas éticos y los peligros existenciales que plantea la inteligencia artificial- nos asustan más de lo que nos ilusionan; el progreso contemporáneo se percibe frecuentemente como un avance hacia el desastre más que como una promesa de liberación.
En este Freud de 1927 se observa una distancia notable respecto del Freud de los historiales clínicos clásicos y del “amor al Padre” (de un texto como “Tótem y tabú”). Hay algo de la desilusión freudiana respecto de la figura del Padre que aquí aparece cedido a la confianza en el desarrollo intelectual.
En el contexto de la práctica, Freud apuesta a que el trabajo de un análisis, en analogía con un cambio cultural, debe encontrar motivos intelectuales y racionales que autoricen el dominio de la pulsión y sostengan la renuncia pulsional.
Con todo, no se trata de un texto ingenuo. Freud introduce una voz dialéctica, un alter ego que objeta de manera persistente cada uno de sus argumentos. Es una discusión pareja donde su contraparte plantea cuestionamientos que conmueven el pensamiento freudiano.

Allí radica la vigencia de su lectura: más que un corpus cerrado de conceptos, encontramos un motor de pensamiento que aún nos convoca. En los primeros capítulos, el texto examina la relación estructural entre el individuo y la cultura.
Se plantea que ningún ser humano puede subsistir por fuera de una cultura, aunque cada sujeto vive las restricciones de esta como una imposición que lo priva de la realización libre de sus pulsiones.
Freud asigna a la cultura dos funciones esenciales: dominar la naturaleza para extraer los bienes que permitan la subsistencia humana; regular las relaciones interpersonales a través de normas jurídicas y morales. Esta normativa comunitaria se organiza alrededor de dos ejes: la compulsión al trabajo y la renuncia pulsional.
En este punto, la voz objetora del texto confronta a Freud con su propia obra previa: ¿Cómo es posible que en “Tótem y tabú” hiciera girar la génesis de la religión y la ley alrededor del asesinato del padre, la culpa y la prohibición del incesto, y ahora sitúe el origen de la cultura en el desvalimiento y el desamparo frente a la naturaleza y las pulsiones del otro?
Este deslizamiento conceptual del padre al desamparo es fundamental. No cancela la función paterna, sino que la complejiza. Hacia el final de su vida, la obra freudiana realiza un movimiento donde da cuenta de que la subjetividad y la cultura ya no se ordenan exclusivamente alrededor de la figura del padre y el conflicto sexual.
“El porvenir de una ilusión” anticipa y engendra las preguntas que darán origen, tres años más tarde, a “El malestar en la cultura” (1930). El problema central que interroga a Freud es cómo lograr que la renuncia pulsional funcione, dado que esta privación genera una profunda hostilidad de los individuos y de las masas hacia la cultura, transformándolos en una amenaza constante para el lazo social.
Freud escribe una frase categórica: las masas no aman la renuncia pulsional. La idea de “amar la renuncia” plantea una paradoja sumamente fecunda para la práctica analítica.
No se refiere a una actitud derrotista o resignada, sino a la posibilidad de que, a partir de aquello que es vivido inicialmente como una pérdida, pueda producirse una nueva realidad; el amor surge, precisamente, como un efecto de la renuncia pulsional.
Sin embargo, Freud constata que esta operación está malograda en la cultura debido al desfasaje entre la temprana inhibición de la investigación sexual infantil -que atrofia la capacidad intelectual para pensar- y la imposición prematura de los preceptos religiosos.
Freud define las representaciones religiosas como ilusiones, caracterizadas por un nudo en el que se condensan las proyecciones de los deseos humanos y las representaciones arcaicas integradas filogenéticamente de generación en generación.
En este sentido, la ilusión posee una dimensión esencial: es aquello que permite anudar el pasado y el futuro, funcionando como un eje temporal que garantiza la continuidad de la vida y la construcción de una historia o un mito. Por otra parte, el análisis freudiano de la ilusión permite interrogar los estatutos del error y de la verdad.
Freud reconoce que en la mentira o desfiguración de la religión se expresa una verdad histórica, pero su ideal ilustrado lo lleva a sostener que sería preferible alcanzar dicha verdad sin el velo de la ilusión.
Desde la perspectiva clínica contemporánea, podemos subvertir esta premisa: no existe acceso a la verdad sin la desfiguración; la verdad solo se realiza y se produce en el tejido del error. Para poder saber, es condición estructural haber atravesado primero la instancia de la creencia.
El saber requiere de ese pasaje por la ilusión provista por el Otro para que el sujeto pueda, eventualmente, orientarse en su deseo. Finalmente, al comparar la religión con una neurosis obsesiva universal, Freud señala que esta ilusión compartida por la cultura cumple una función reguladora: alivia el peso de la neurosis individual frente a las exigencias de la castración.
Más que un optimismo ingenuo por la ciencia, lo que transmite el texto es la urgencia de un hombre que percibe el fracaso de la renuncia pulsional y la creciente hostilidad que amenaza las bases mismas del lazo humano. A un siglo de su publicación, “El porvenir de una ilusión” es un texto que todavía ilumina el presente.
Para comunicarse con el autor: [email protected].












