Nos escribe Francisco (39 años, Claypole): “Hola, Luciano, ¿cómo estás? Te escribo para preguntarte por el tema de la melancolía. ¿En qué consiste? ¿Es lo mismo que la bipolaridad? A veces, ¿no se patologiza la tristeza? ¿Cuál es la frontera entre lo normal y la enfermedad en estos casos?”
Yo, melancólico
El psicoanálisis analiza cómo la melancolía actual reemplaza a las neurosis clásicas mediante la desconexión afectiva y una continua desmentida del dolor.

Querido Francisco, muchas gracias por tu correo, que nos llevará a hacer distinciones que importan. En efecto, vivimos en una sociedad que tiende a ver de manera negativa los afectos -valga la redundancia- negativos (que giran alrededor de la tristeza).

Esto es algo que se corrobora en la inquietud que genera la figura del duelo y la prisa que hay para que quien atraviesa uno se ponga bien. Se plantean etapas y hasta un tiempo de duración, no sea cosa que alguien se demore demasiado.
Con respecto a la bipolaridad, diré que es un diagnóstico psiquiátrico y que no me voy a detener sobre la cuestión en esta ocasión, ya que es un tema que requeriría una columna por sí misma y, además, no es mi especialidad. La dejaremos para otra ocasión.
¿Vivimos más tristes?
El modo en que retomaré tu pregunta va más allá de un diagnóstico específico, la voy a plantear con un propósito general: ¿hoy vivimos más tristes que en otro tiempo? O, mejor dicho, ¿hay alguna relación entre la persona de nuestra época y la melancolía?
La pregunta así planteada nos lleva a revisar un aspecto propio del siglo XXI, que pone en cuestión el origen del psicoanálisis. Esta disciplina surgió en un contexto social en el que la neurosis era la “normalidad”, es decir, personas que sufrían por sus síntomas, inhibiciones, rasgos de carácter, por sus impotencias e imposibilidad, de las que no se podía decir que estuvieran aquejadas por la tristeza.

En este siglo, la depresión (en un sentido amplio) está a la orden del día. ¿Qué cambió? Es en este quiebre de las coordenadas subjetivas donde emerge la melancolía -o los procesos de melancolización contemporánea- no ya como la psicosis maníaco-depresiva de la psiquiatría clásica, sino como un sufrimiento caracterizado por la suspensión del trabajo psíquico y la objeción directa al vínculo terapéutico.
Si la neurosis estuvo en el origen del psicoanálisis a través de un vínculo que pedía amor y producía síntomas interpretables, la melancolía se sitúa en el extremo opuesto: es el rechazo del inconsciente y la desimplicación radical del sujeto respecto de un conflicto. A diferencia de la histeria, la obsesión o la paranoia, Freud no localizó en la melancolía un mecanismo específico de formación de síntomas.
El deprimido contemporáneo se amuralla en una posición sorda al intercambio intersubjetivo. La melancolía prescinde del tres de la escena inconsciente (Sujeto, Analista, Saber) para reducir el espacio clínico a un espejo dual y agotador de dos personas donde el psiquismo ha dejado de trabajar.
Rechazar el vínculo
En el tratamiento, el analista se encuentra con el obstáculo de sostener un espacio con sujetos que rechazan el vínculo, obligando a repensar las categorías clásicas de la neurosis y la psicosis. Para precisar este pasaje de la neurosis a la melancolía, se vuelve indispensable trazar la diferenciación entre los tres niveles del Yo implícitos en la obra freudiana: el Yo-dolor, el Yo-placer y el Yo-real.
En el nivel del dolor originario, no existe un Yo en sentido estricto, dado que el dolor rompe las barreras protectoras y disuelve los bordes de la instancia yoica. El Yo se constituye propiamente como un recubrimiento o una piel a partir de la delimitación que introduce la experiencia del placer.
El Yo-placer reconoce que la satisfacción es una curva con un inicio y un final precisos; introduce el límite frente al exceso. Los síntomas de la neurosis y las barreras psíquicas como el asco y la vergüenza se nutren de este Yo-placer para tramitar el conflicto psíquico.
El Yo-real representa un tercer nivel donde el psiquismo adquiere la capacidad de confrontar los apremios de la realidad y tramitar la decepción sin desmoronarse ni deslizarse hacia el abatimiento melancólico. Para Freud, la realidad es intrínsecamente decepcionante y apremiante; no es un dato objetivo al que el sujeto deba adaptarse pasivamente.
El fin de un análisis freudiano implica que el Yo-real recupere su capacidad de crear y de transformar la miseria neurótica en los infortunios comunes de la existencia. En la clínica contemporánea, en cambio, nos encontramos con sujetos incapaces de tolerar la menor idea displacentera o contingencia de la realidad, operando una regresión inmediata hacia defensas más arcaicas.
Cuando el sujeto es incapaz de sostener un conflicto psíquico en el plano de la represión, el aparato recurre al mecanismo de la escisión del Yo apoyado en la desmentida de la vida cotidiana. Es crucial en este punto distinguir la división subjetiva propia de la neurosis de la escisión del Yo propia de los cuadros melancolizados.
El sujeto dividido de la neurosis es un sujeto que toma posición a través del conflicto; su síntoma es una verdad que insiste en ser descifrada. Por el contrario, la escisión yoica divide la existencia en compartimentos estancos y desafectados para evitar que el dolor de existir toque al Yo.
El sujeto escindido se convierte en un ser adaptable, hiperpragmático, que transita por diferentes contextos modificando sus máscaras identitarias sin comprometer jamás su verdad subjetiva. Bajo esta modalidad de vida, no hay producción de formaciones inconscientes. La desmentida borra el conflicto diciendo “está bien, es una opción más”, una frase unipersonal y defensiva que cancela la dimensión trágica del deseo y el lazo con el Otro.
Este desarrollo, querido Francisco, nos lleva a ubicar que la cuestión de la melancolía es mucho más profunda que la que se juega en el tratamiento de personas tristes. En efecto, cuando alguien ya está triste está, en cierta medida, a salvo de la melancolía.
La melancolía en el siglo XXI nos habla de un nuevo tipo de sujeto, cuyo rostro a veces es hiperactivo, que se llena de cosas para no sentir, que vive escindido (en su relación consigo mismo) para no conectar. Aquí vale esa célebre afirmación de que un rostro de la depresión puede ser también la irritabilidad.
Espero, querido Francisco, que esta respuesta te sirva para, al menos, darle al tema de la melancolía un sustrato más profundo (que apenas pudimos esbozar) y que nos lleva a pensar más allá de las recetas de felicidad y frases motivacionales con que hoy se quiere resolver el problema de la existencia.
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