Mi abuelo Augusto era un hombre muy particular. Había llegado de Italia siendo muy niño, y era un aficionado a la lectura. Para nosotros, por aquel entonces, niños de clase media baja, un pasatiempo inentendible. La rareza de sus interminables horas de lectura fue creciendo, cuando ya de grandes comprendimos que la temática que a él tanto lo atrapaba era el espiritismo.
X. El fantasmita de los Guzmán
El vínculo especial entre Alejandro y su abuelo Augusto revela una conexión espiritual que trasciende generaciones, marcada por un enigmático amigo imaginario.

Tenía siempre al alcance unos grandes libracos de una tal Madame Helena Blavatsky; seguro usted sabe quién era y qué se cuenta de ella. La fundadora de la Sociedad Teosófica. Pues bien, yo, a diferencia de mis primos, viví desde que nací en su casa, y por la ausencia de mi papá, Don Augusto, fue quien siempre ocupó su lugar.
A los dos o tres años, cuando aprendí a hablar, la soledad comenzó a mortificarme y, entonces, apareció en mi vida Lopolo, mi amigo imaginario. Ante la constancia y la permanente interacción con el fantasmita, como mi madre y mi abuela (con mesura cuestionable) lo llamaban, mi familia se comenzó a preocupar.
"No es común que siga con eso", decía mi madre al ver que llegando los años de escuela primaria yo seguía compartiendo juegos, charlas y correrías con Lopolo, a quien nadie, salvo yo, veía.
"No es bueno que un niño se críe entre adultos", prescribieron los médicos consultados. "Necesita un hermano o un amigo, uno de verdad, de carne y hueso" (siempre recordaré esa frase, tan desubicada para diagnosticar a un niño).
Mi abuelo no. Mi abuelo al margen, tranquilizaba a las mujeres diciendo que es perfectamente normal e insistiendo en esa idea loca que sonaba tan extraña: "cuando ellos lo consideren se van a dejar de frecuentar". Y así fue no más. Cuando comencé la escuela primaria y mi mundo de relaciones se ensanchó, poco a poco, según me contaron muchos años después, mi amigo Lopolo se fue retirando de mi vida.
Y la vida fue pasando. El 20 de enero de 2005 mi abuelo sufrió un ataque cardíaco y estuvo varios días en terapia intensiva. Los médicos sentenciaron que por su edad, por aquel entonces tenía 86 años, no lograría superar el trance. Don Augusto siempre, como le cuento, fue un hombre particular, y todos en mi familia bien sabían que yo y él teníamos un vínculo muy especial.
Quizás por eso a nadie le sorprendió que su deseo de última voluntad fuera hablar conmigo. Ni con mi abuela, ni con mi mamá, su única hija mujer, ni mucho menos con mis primos. Él quería hablar conmigo. Cuando entré a la terapia vi que sus ojos se emocionaron y también me emocioné.
Es que los últimos años lo tenía medio olvidado, desde hacía tiempo no vivía en la ciudad y lo veía solo para las fiestas, una o dos veces al año. Me acerqué a su cama y me sonrió, como solo él sabía hacerlo. Yo soy médico oncólogo hace más de treinta años y veo a diario gente morir.
Por el gesto, mi abuelo Augusto tenía una paz infinita; una serenidad que nunca o, mejor dicho, muy poca vez he vuelto a ver. Hizo unas señas para que acercara mi oído y me dijo algo tan extraño como él mismo.
- ¡Sigue la senda de Lopolo!
Le cuento, estimado señor, que me costó entender lo que eso significaba, a tal punto que, en principio, supuse que se trataba de un desvarío de esos que cruzan por la mente de las personas con trastornos de vejez. Recién, meses después de su muerte, relacioné.
Viajé hasta la casa de mi abuela y encontré, entre los libros de Madame Blavatsky, unos dibujos míos de los tiempos del fantasmita. Uno en particular que tenía curiosamente guardado en mi inconsciente y al verlo lo recordé.
Mi amigo Lopolo y yo sentados en una canoa navegando en un río y atrás edificios altos con muchos fuegos alrededor. Pequeños fuegos que bien se observaban. Mi abuelo había escrito una palabra en un costado del dibujo: "Varanasi".

Escribo esta carta desde el Aeropuerto de Ezeiza, viajo por cuarta vez a la India, a Varanasi, esta vez es distinto, viajo con la idea de quedarme el tiempo que sea necesario. Tengo tiempo, acabo de jubilarme, mis hijos ya están casados y no tengo pareja desde hace muchos años. Hace tres años que no voy a la India, pero esa última vez pude encontrar una casa.
Una casa humilde en las afueras de aquella ciudad. Una casa que conocía perfectamente pese a no haber estado nunca en esta vida. Allí vive una señora ya anciana que me mostró una foto vieja donde tres hombres sonriendo se hallaban a bordo de una canoíta en medio del Ganges. Atrás de la foto sus nombres.
Solo uno de esos nombres logré relacionar: Lopolo. ¿Los otros dos hombres? Creo saber de quienes se trata. Uno tiene la misma sonrisa de mi abuelo y el otro me parece familiar.
Atte… Alejandro Guzman.
PD: Seguramente se preguntará por qué le escribo a usted estas líneas, si no nos conocemos. Pues bien, aprendí en esta, mi búsqueda de la verdad, que hay que confiar mucho más en la intuición que en la inteligencia. En Facebook me apareció, de la nada, un artículo suyo del diario El Litoral, intuyo que usted sabrá interpretar mi pequeña historia familiar.
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