La lista de los nocivos efectos del ruido sobre la salud, es larga. Desde afectaciones auditivas de distinto tipo y grado, a problemas de hipertensión, cardíacos, de estrés, psicológicos y cognitivos. De modo que hacer ruido excesivo a voluntad y de manera festiva, no es un chiste, perturba y perjudica a muchos, empeora cuadros clínicos de quienes padecen enfermedades e impactan negativamente sobre la calidad de vida del conjunto social.
Ruido gratuito y anomia, formas de violencia contra la sociedad

Por ese motivo, los ruidos molestos están penados en todas las legislaciones evolucionadas del mundo y, en la nuestra, están normados a nivel nacional, provincial y municipal.
Antes, a nadie se le ocurría hacer ruido porque sí; simplemente no era considerada una alternativa en las sociedades civilizadas, es decir, aquellas que han logrado un grado de evolución superior al del grupo o la tribu, y se han convertido en organismos complejos por el número de personas y su convivencia en espacios urbanizados.
La convivencia civilizada ofrece numerosas ventajas y posibilidades de desarrollo a quienes las integran, pero también plantea numerosos conflictos que genera la vida diaria en espacios compartidos. Por eso, las leyes, productos de la educación y la cultura, han sido sancionadas para corregir los desvíos a los que la naturaleza humana tiende y las modas negativas agravan.
Esta breve introducción viene a cuento por el verdadero festival de violaciones a las normas de convivencia que, a diario y a todo hora, producen las ruidosas caravanas de vehículos que, al son de sus bocinas de amplia gama sonora, festejan la graduación universitaria de algún estudiante, celebración que a juzgar por su atronadora frecuencia pone de manifiesto un alto número de graduaciones, hecho que contradice, o confirma, según se mire, las causales del progresivo deterioro de la educación y la degradación de la conciencia convivencial de los universitarios graduados.
La paradoja se maximiza si los graduados provienen de las ciencias jurídicas, porque rompen con descaro las reglas, o de las ciencias médicas, porque atentan contra la salud pública.

Pero cualquiera sea la institución en la que la obtención del grado se haya producido, lo cierto es que el reiterado aturdimiento mediante el ruido expansivo que los graduados practican, no sólo comporta actitudes invasivas de los derechos de los otros. También pone en evidencia un fenómeno de prácticas atentatorias contra su propia lucidez intelectual, o, lo que sería mucho peor, su ausencia lisa y llana.
Para este tipo de celebraciones los universitarios disponen de sus propios campus y, si no los tienen, pueden alquilar salas de fiestas, o reunirse en quintas de fin de semana, todas a su alcance, a juzgar por la cantidad de vehículos que integran las caravanas.
El cotidiano problema, expone vez falencias en la educación universitaria, que no se debería agotar en la enseñanza de conocimientos específicos, sino proyectar luz sobre conductas integrales, sociales, que conjuguen aprendizajes teóricos y actitudes cotidianas dentro y fuera de los claustros. Y, ni qué decir de las autoridades municipales, a las que también les arden los oídos sin que atinen a reacción alguna frente al perturbador fenómeno.
No sólo respecto del control de los ruidos molestos, sino de la aplicación de las normas municipales al desplazamiento de camionetas cargadas con chicos en sus cajas traseras que, a la vez, disfrazados, bailan o se bambolean con peligro cierto de que una frenada termine en grave accidente.
Lo mismo ocurre con los chicos que se desplazan en los baúles traseros de autos con sus puertas abiertas para salir con facilidad en los semáforos para hacer bailecitos y pegar gritos que sólo a ellos divierten. Estas dos prácticas constituyen faltas graves en las ordenanzas municipales. Pero nadie mueve un dedo. La reacción, tardía, llegará el día en que se produzca un accidente irreparable.
Entre tanto, la exhibición cotidiana de recurrentes quebrantos de las leyes vigentes deseducan, no sólo a los nuevos profesionales sino a la sociedad toda, que día a día asiste a la violación de los preceptos, debilitados por prácticas que los contradicen, sin que a las autoridades se les mueva un pelo.
Lo peor es que la anomia, ese concepto al que con falsa preocupación los políticos suelen referirse en discursos y paneles, avanza con mayor velocidad y efectividad que el empeño que puedan poner docentes con conciencia o padres con algún nivel de preocupación por sus hijos.
Es hora de entender que la defensa del ambiente, que presuntamente preocupa en los ámbitos universitarios, empieza por casa, por lo que nos queda a mano, lo que está próximo, y sólo depende de nuestra voluntad y el simple acto de ser consecuentes con lo que proclamamos. No en la lejanía de los foros internacionales a quienes muchos suelen asistir y citar, para luego agotarse en inconsistentes e inconducentes acciones de denuncia.
A fines del siglo XIX, Carlos Vergara, uno de los precursores de la educación argentina, reconoció con dolor: “Los maestros han fracasado por haber enseñado a los niños, no a hacer el bien, sino a hablar sobre el bien…”, deformación que con el correr de las décadas se ha amplificado a todos los niveles.
Romper la ley y perturbar a los demás mediante festejos primitivos e invasivos, haciendo sonar bocinas de distintos calibres, cornetas y vuvuzelas, vestidos y pintados de modos tribales, dice más de la educación de lo que en principio estamos dispuestos a aceptar.
Son cotidianos, visibles y audibles, los ejemplos de retroprogresismo que afectan por igual a personas y animales en los circuitos rituales que vinculan a las casas de estudio, desde El Pozo, Guadalupe y la Costanera, para confluir en el gran eje, festivo y ensordecedor, de los bulevares Gálvez y Pellegrini.
Hoy, estas prácticas son ejemplos concretos de polución sonora y violencia contra la sociedad y el derecho. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.













