Un adolescente puede pasar buena parte del día intercambiando mensajes, mirando videos y conversando en redes sociales... y, sin embargo, sentirse solo. La tecnología multiplicó las posibilidades de comunicación, pero también abrió interrogantes sobre la profundidad de los vínculos y nuestra capacidad de disponer de la propia atención.
"Nunca tan conectados, nunca tan solos": qué está cambiando en la salud mental adolescente
Un interesante panel analizó en la Cámara alta cómo la hiperconexión digital incide en los hábitos, la atención y los vínculos de los adolescentes. Los mecanismos que dificultan desconectarse, los riesgos del uso adictivo y la necesidad de recuperar experiencias fuera de las pantallas.

“Nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, tantas personas experimentan soledad, ansiedad y dificultades para relacionarse con los demás”, planteó Daniel Abate, director general de Cultura del Senado de la Nación, al abrir el conversatorio Impacto de la era digital en la salud mental, realizado en el marco del ciclo “Políticas para cuidar la vida”.

En el Auditorio Emar Acosta del edificio Alfredo Palacios, los psiquiatras Andrea Quintás, coordinadora del Departamento Infanto Juvenil del Centro Integral de Salud Mental Argentino (CISMA), y Ángel Gargiulo, director de esa institución, analizaron experiencias clínicas sobre adolescentes y pantallas, explicaron qué sucede en el tiempo que pasamos conectados y enfatizaron la necesidad de recuperar las relaciones interpersonales.

También expuso médico psiquiatra, director y fundador de Red Sanar, quien aportó una perspectiva diferente. Su intervención estuvo centrada en otorgar los fundamentos de una concepción integral de la salud mental, la educación en valores y la prevención del suicidio, fines bajo los que nació la asociación en 1994 "a raíz de una epidemia de suicidios en la provincia de La Pampa", hecho que constituyó la "piedra fundamental" para su creación como red psicoeducativa.
Cerebros frente a bombardeo de estímulos
Quintás citó cifras argentinas que ubican en 9,6 años el inicio promedio del uso del celular. Señaló que el 82% de los adolescentes duerme con el dispositivo activo y que casi la mitad manifiesta dificultades para controlar el uso de redes sociales. Sin embargo, puso el acento en una distinción: “Lo que se observó es que el problema no está tan relacionado con el tiempo de uso, sino con el tipo de uso, que está más relacionado al tipo de uso adictivo. O sea, ¿qué hace el adolescente con el teléfono y no la cantidad de tiempo con la cual está expuesto a una pantalla?”.

No es lo mismo, ejemplificó, mirar una película en familia que utilizar redes sociales de madrugada. También mencionó estudios que relacionan el uso problemático con el aislamiento y los conflictos familiares.“En estos años que tengo de experiencia clínica ha variado mucho lo que es el motivo de consulta, especialmente pospandemia”, observó. “En la mayoría de los casos las familias manifiestan que no saben cómo manejar las pantallas en el hogar y que esto es algo realmente problemático”.
Gargiulo se concentró en por qué resulta tan difícil dejar de mirar. Explicó el funcionamiento del sistema cerebral de recompensa, la dopamina y la neuroplasticidad del cerebro para modificarse con las experiencias. Habló de “estímulos supranormales” que intensifican la búsqueda de novedad y gratificación. “Estamos todo el tiempo bombardeados por estímulos supranormales que de distinta manera pueden ir remodelando nuestro cerebro y remodelando sobre todo este circuito que se llama circuito cerebral de recompensa”, sostuvo.

También describió la pérdida de espacio que está teniendo la reflexión cuando no estamos ocupados en una tarea, que llamó red neuronal por defecto: “Cuando estamos aburridos, tirados en la cama, haciendo nada, empezamos a pensar sobre nuestras vidas, si todo tiene sentido o no. Y eso es fisiológico, eso está bueno”. Pero esa pausa parece cada vez más difícil de sostener: “Es raro ver que un chico esté tirado en la cama sin estar mirando el celular. Ahora el default es estar mirando el celular. Y piensen en cualquiera de nosotros: tenemos un segundo esperando el colectivo y sacamos el celular”.
Pertenencia digital y el efecto del FOMO
Quintás relacionó el uso nocturno de pantallas con dificultades para descansar y señaló una especial vulnerabilidad de las adolescentes ante las comparaciones sobre la imagen corporal, el autoconcepto y el perfeccionismo.
Gargiulo trasladó la discusión a las relaciones personales. “Todos los estudios sobre la felicidad en el mundo dicen que básicamente para ser felices tenemos que poder tener relaciones profundas con otras personas”, afirmó.

Pero reconoció una paradoja: para muchos jóvenes, las plataformas digitales también son espacios fundamentales de pertenencia. Al hablar del FOMO —el miedo a perderse algo de lo que hacen los demás—, ejemplificó: “Si a mí mi papá y mi mamá me sacan el celular y soy el único salame de la escuela que no usa celular, me voy a sentir como un sapo de otro pozo”.

“Y efectivamente eso pasa y también es como un riesgo para los chicos. Es un riesgo sacarles todo porque pierden socialización, porque lamentablemente sigue ocurriendo por esos medios”, agregó. Por eso sostuvo que la cuestión no se resuelve simplemente contabilizando horas o quitando los dispositivos, sino que también exige pensar cómo sostener los vínculos cuando una parte de la vida social ocurre en línea.
Recuperar el control sin perder la conexión
“Los quiero invitar a no tener un enfoque simplista sobre el tema. Acá hay un conjunto de variables a trabajar. Imagínense que si para nosotros es difícil regular el uso del celular, más lo es para un adolescente”, planteó Gargiulo.
Según explicó, el abordaje debe involucrar al entorno: “La salud mental, las terapias, están cambiando en el mundo del enfoque clásico del uno a uno hacia enfoques cada vez más contextuales donde tenemos que introducir cada vez más a la familia, a la escuela, al gobierno. Mientras todos más trabajemos en conjunto, más chances de éxito hay”.

Para las familias, propuso acompañamiento y supervisión de contenidos y horarios, más que control mediante el miedo. “¿Qué es monitorear? Es saber. Es un estilo parental más basado, si quieren, en el amor que en el control y en el miedo, y a la vez estratégico”, definió.
Sin embargo, limitar las pantallas no alcanza si no se ofrecen alternativas. “Lo otro que les quería dejar también positivo es que hay que construir puentes”, sostuvo, y mencionó la música, la lectura, el deporte, el arte y las actividades al aire libre como oportunidades para recuperar experiencias compartidas.

En esa búsqueda, también reclamó acuerdos entre familias, escuelas e instituciones. “Si los padres y las madres de una escuela se pusiesen de acuerdo, si hubiese políticas donde se unifican los criterios, probablemente esa sensación de no pertenecer sería mucho más llevadera”, reflexionó. Y concluyó: “Se puede influir en la cultura. Entonces, lo que necesitamos es generar una cultura sana de uso de tecnología”.










