“¿Cómo estás?”. Es una de esas preguntas que aparecen todos los días y que, muchas veces, reciben una respuesta automática: “bien”. Para la psicóloga y divulgadora Virginia Frutos, detenerse unos segundos antes de contestar puede abrir una pregunta más profunda: ¿qué tan honesta es realmente esa respuesta?
Cuándo fue la última vez que respondiste con sinceridad a un ¿cómo estás?
La psicóloga y divulgadora Virginia Frutos habla del “modo zombi”, una forma de vivir en automático en la que una persona puede dejar de registrar lo que siente. Irritabilidad, cansancio que no desaparece con el descanso y dificultad para estar presente.

Frutos utiliza la expresión “modo zombi” para describir una manera de funcionar en la que las personas pueden continuar con sus actividades cotidianas, pero dejan de prestar atención a lo que les ocurre.
En una entrevista con La Voz de la Salud, plantea que ese funcionamiento automático no siempre es negativo ni debe ser eliminado. El problema aparece cuando se instala y comienza a confundirse con una forma permanente de vivir.
La psicóloga cuenta que llegó a comprender esta experiencia a partir de una situación personal. Según relata, su cuerpo llegó a un extremo y le hizo detenerse. Mientras atravesaba ese momento, cuando alguien le preguntaba cómo estaba, respondía automáticamente que estaba bien. A partir de allí comenzó a preguntarse qué significaba realmente ese “bien”.

El “bien” automático y la pregunta que queda pendiente
Para Frutos, responder que uno está bien no necesariamente significa estar mintiendo. La cuestión pasa por detenerse a revisar qué hay detrás de esa palabra.
“No es que yo vaya en contra de ese bien”, explica en la entrevista. Lo que propone es “poner el foco en la definición de ese estar bien” y analizar “hasta qué punto es honesto”.
Eso tampoco significa que haya que contarle a todo el mundo lo que ocurre en la vida personal. La psicóloga aclara que no es necesario compartir información íntima con cualquier persona.
Se puede responder de una manera un poco más precisa sin exponer toda la propia historia. Frutos da un ejemplo: en lugar de contestar simplemente “bien” para salir del paso, se puede explicar que uno está contento, preocupado o atravesando muchas emociones.
Para ella, esa pequeña modificación puede tener importancia porque permite conectar con otra persona desde una “vulnerabilidad controlada”. No se trata de contar todas las dificultades ni de convertir cada conversación cotidiana en una confesión. Se trata, primero, de hacer el ejercicio de preguntarse cómo estamos.

Qué señales aparecen cuando vivimos en piloto automático
Frutos menciona distintas señales que pueden indicar que una persona está funcionando de manera automática.
Una de ellas es la irritabilidad sin una causa clara. La psicóloga plantea que el enojo puede estar relacionado con la percepción de que algo no es justo. Cuando no se logra identificar el motivo de esa emoción, sostiene que puede existir una situación anterior que no fue reconocida en su momento.
Otra señal es el agotamiento que se transforma en mal humor y puede trasladarse hacia objetos o personas. Frutos se refiere específicamente a un cansancio que no desaparece simplemente después de dormir o descansar.
“Esa sensación lánguida que permanece cuando has dormido”, describe.
También menciona la dificultad para estar en el momento presente y mantener una conexión con otras personas. Puede aparecer, según explica, una sensación de que las cosas dejan de importar demasiado o una actitud más pasiva frente a la vida.
A todo esto suma las señales que puede dar el propio cuerpo.
La propuesta de Frutos no consiste en interpretar automáticamente cada una de estas situaciones como un problema determinado. Su planteo apunta a observarlas y preguntarse qué pueden estar indicando.

El “modo zombi” no es necesariamente el enemigo
Una de las aclaraciones que hace la psicóloga es que no busca “matar” al zombi.
Según explica, el funcionamiento automático puede ser necesario en determinadas circunstancias porque ayuda a atravesar situaciones y adaptarse a diferentes contextos y momentos.
El problema comienza cuando ese mecanismo se instala y la persona empieza a pensar que esa es simplemente su manera de ser.
“Ya creemos que esa es nuestra forma de vida y ya somos así y no es real”, sostiene Frutos. Para la psicóloga, es necesario poder establecer esa diferencia.
Por eso plantea una idea central: el zombi no debe ser entendido como un enemigo, sino como un mensaje.
“Viene como una carta a decirnos algo y está en nosotros escucharlo o no”, afirma.
Desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser solamente cómo hacer desaparecer el cansancio, la irritabilidad o la desconexión. El planteo pasa a ser qué información pueden aportar esas experiencias sobre lo que está ocurriendo.

Mirarse con curiosidad y no desde el juicio
Para empezar a salir de ese funcionamiento automático, Frutos propone primero reconocerlo.
“En un primer momento, se trata de detectar al zombi”, explica. Si no se identifica, sostiene, no es posible elegir y la persona queda más expuesta a dejarse llevar por la inercia.
Pero hay una segunda cuestión que considera importante: la manera de observarse.
“Tenemos que abrir un ojo y mirarnos con curiosidad, no con juicio”, afirma la psicóloga. Y marca una diferencia entre ambas actitudes: “El juicio es crítico, la curiosidad no”.
Después de reconocer lo que sucede, propone escuchar el mensaje que aparece detrás de esas señales y prestar atención a las emociones.
Frutos plantea que primero reacciona el cuerpo y luego aparece la emoción, por lo que considera necesario aprender a leer qué dicen esas emociones.
Sin embargo, en ese proceso también pueden aparecer estrategias para evitar aquello que genera incomodidad.
La psicóloga ofrece un ejemplo concreto: una persona puede estar enojada con su pareja, pero en lugar de revisar ese enojo puede ponerse a ordenar. Esa actividad puede funcionar como una forma de evitar el conflicto, pero no genera el espacio de comunicación necesario para afrontar aquello que provoca la incomodidad.

El teléfono y las redes: quién tiene el control
La vida cotidiana también está atravesada por teléfonos y redes sociales, que ofrecen estímulos de manera constante.
Frutos reconoce que actualmente existen más estímulos, pero sostiene que las personas no son seres pasivos frente a ellos.
“Las redes sociales y el teléfono nos intentan abducir, pero no tenemos por qué hacer lo que ellos quieran”, afirma.
En su planteo, la cuestión central es el control. Si una persona siente que no puede disponer siquiera de un momento para estar consigo misma, propone preguntarse qué está intentando llenar en ese espacio.
“Tenemos que tener nosotros el control sobre lo que está ocurriendo”, sostiene. Y agrega que, cuando ese control no existe, es necesario cuestionarse qué está sucediendo.
La idea vuelve así al punto de partida: antes de reaccionar automáticamente frente a un estímulo o una pregunta, hacer una pausa y observar qué está pasando.

Habitar la vida como un entrenamiento
Para Frutos, reconocer el “modo zombi” no implica resolverlo de un día para otro.
“Habitar la vida es un entrenamiento, es un trabajo que lleva tiempo”, explica. También advierte que ese estado puede volver a aparecer. La diferencia estaría en poder reconocerlo cuando regresa y no darle la espalda.
En su trabajo en consulta, según relata, comienza con un primer encuentro destinado a comprender qué le está ocurriendo a la persona. Su abordaje, tal como lo describe, incluye regular el cuerpo, escuchar las emociones, observar las estrategias utilizadas y reconocer los recursos propios.
Frutos considera que todas las personas tienen recursos internos y que pueden buscarse en la propia historia: momentos en los que se atravesaron situaciones difíciles y herramientas que permitieron salir adelante.
El objetivo, según explica, es trabajar sobre ese “bucle zombi” para no volver a la sintomatología y al cuerpo.

Qué hacer cuando el “zombi” es alguien cercano
La entrevista también aborda una situación frecuente: qué hacer cuando alguien cercano parece estar desconectado o funcionando en automático.
Frutos es contundente respecto de una respuesta que suele aparecer: recomendarle directamente que vaya al psicólogo.
“Esto es algo súper personal, y no sirve para nada recomendarle a alguien que vaya al psicólogo”, sostiene. Según explica, que otra persona indique que es momento de hacer terapia puede incluso generar irritación.
En cambio, propone un acercamiento diferente. Como ejemplo, menciona la posibilidad de decirle a esa persona: “Oye, me acuerdo de lo bien que estabas antes”.
La idea es que, a partir de ese tipo de conversación, la propia persona pueda comenzar a identificar qué le está pasando.
Para Frutos, además, la decisión de iniciar un proceso terapéutico es especialmente personal porque implica entrar en un espacio de vulnerabilidad. Por eso considera importante que quien consulta se sienta seguro y tenga una motivación clara.
También destaca la importancia de encontrar un profesional con quien exista una buena conexión. “Si llegas a la primera sesión y no te gusta, vete”, recomienda. Su argumento es que la terapia implica abrir la historia emocional y los dolores personales, por lo que la persona debe sentirse acompañada de una manera que le resulte segura.
La próxima vez que alguien pregunte “¿cómo estás?”, entonces, quizá valga la pena demorar unos segundos la respuesta. No para contar todo ni para convertir una conversación cotidiana en una explicación sobre la propia vida, sino para hacer primero una pregunta hacia adentro: ¿cómo estoy realmente?
Para Virginia Frutos, esa pausa puede ayudar a detectar aquello que muchas veces pasa inadvertido cuando la vida transcurre en automático









