Hace 250 años se creaba el Virreinato del Río de la Plata, con sede en la ciudad-puerto de Buenos Aires. Y allí permanece, en sustancia, con el formato de capital de la República Argentina. Los genes centralistas son fuertes, y en estos dos siglos y medio han resistido, con vaivenes, los intentos federales de las provincias.
A 250 años de la creación del Virreinato del Río de la Plata, sus genes persisten

Como dijera el Dr. Nicanor Molinas (asesor y negociador del general Justo José de Urquiza, y ministro de la primera Suprema Corte de Justicia de la Confederación Argentina), la Constitución sancionada en 1853, y perfeccionada en 1860 con la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al desgarrado cuerpo nacional, consagró, al cabo, un sistema político-institucional de carácter federo-unitario.
Es el que con el transcurso de las décadas perfiló su real esencia unitaria pese a los disimulos expresivos de las liturgias federales. Así las cosas, la sede virreinal de la monarquía española, confirmaba su influjo temporal en la realidad profunda de las cosas, más allá de los ropajes de la institucionalidad federal, democrática y republicana que suele exaltarse en las retóricas anticentralistas de representantes provinciales.
¿Cómo y por qué se creó el Virreinato?
La gestación fue larga porque durante algo más de dos siglos (1542-1776), la alternativa de subdividir el enorme territorio del Perú hacia el sur y el más lejano sureste, fue resistida por Lima, subsede de la Corona hispana con su funcionariado nobiliario proveniente de la metrópoli.
Lima, o Ciudad de los Reyes, fue fundada por Francico Pizarro (1535) y así nominada en honor a los magos que, llegados de Oriente, entre la historia y la leyenda, visitaron y honraron a Jesús, nacido en Belén, con sus tributos de incienso, mirra y oro.
Lima o Los Reyes habría de cristalizar junto al Pacífico como la sede virreinal por antonomasia, pese a que la geometría de las distancias y los riesgos en las vías de comunicación sugirieran lugares más convenientes. Pero en el reino de los Austria, la geometría y la aritmética de los esfuerzos se subordinaban a las inspiraciones divinas y a las determinaciones del poder absoluto.
Por eso Lima pudo obturar durante 234 años la boca existente en el estuario del Plata y el océano Atlántico, alternativa que un análisis racional aconsejaba. Esa cifra temporal es muy aproximada al número años transcurridos desde la creación del Virreinato del Río de la Plata hasta nuestros días.
Se trata, pues, de dos procesos con visibles equivalencias. En el primer caso se refrenó el desarrollo económico del Plata; en el segundo, el del federalismo político-institucional, con sus secuelas de desencuentros, guerras y atraso social y económico en numerosas regiones. Es la cuenta negativa del hegemonismo, vista en dos planos diversos, aunque convergentes en sus resultados históricos.
Respecto del ciclo colonial, pocos lo explican tan bien como el viajero y mercader francés Acarete du Biscay, quien, a mediados del siglo XVII recorrerá el camino que llevaba de Buenos Aires a Lima y, en su crónica, se detendrá en la inflexible posición de la capital virreinal del Perú respecto de una eventual habilitación del puerto de Buenos Aires para la navegación intercontinental.
Expresa Du Biscay: "No debo omitir aquí la razón por la cual los españoles (de Lima) no toleran que la plata del Perú (en rigor, de Potosí) y de las provincias vecinas (léase Alto Perú) sea transportada por el Río de la Plata, ni que toda suerte de barcos vaya a comerciar allí sin licencia (causa del contrabando): (...)"
"(...) es por que si dieran franquicias al libre comercio por ese lado, donde el país es bueno y fértil, la tierra abundante en frutos, el aire saludable y hay comodidad de transportes, los mercaderes que comercian en el Perú, Chile y Tucumán pronto abandonarían la ruta de los galeones (por el Atlántico norte hasta el istmo de Panamá, espacio de transferencia de cargas entre el Atlántico y el Pacífico) y tomarían la ruta de Buenos Aires".
La obstinada resistencia del funcionariado reinal y virreinal a esta variante factible, conducirá al geométrico aumento del contrabando en el Plata, la golosa expansión brasileña sobre su rivera izquierda (actual Uruguay), el merodeo cada vez más frecuente de corsarios ingleses, como Edward Fenton; abandono espacial que el clérigo Martín del Barco Centenera, integrante de la armada de Juan Ortiz de Zárate (1573), metaforiza con la figura literaria de "ventana abierta del Río de la Plata".
Estos motivos, más la pérdida progresiva de la compacidad social y cultural de raíz hispana en la cuenca, apurarán la decisión del rey borbón Carlos III de crear el nuevo virreinato en 1776.
El impacto en Santa Fe
Las consecuencias de la nueva institucionalidad, tendrá efectos deletéreos sobre Santa Fe. En pocos años, la antigua tenencia de gobernación en el territorio del Paraguay empezará a acumular pérdidas. El ciclo negativo empezará en 1767 con la expulsión de la Compañía de Jesús de España y sus territorios de ultramar.
La orden jesuítica, además de sus misiones de evangelización y educación, constituía un importante centro de actividad comercial en Santa Fe a través de su Procuraduría de Misiones, la explotación de sus estancias del Paraná y el Salado, la provisión de bienes a la ciudad, desde carne hasta ladrillos horneados en su chacarita vecina a la planta urbana, y el desarrollo de saberes y oficios diversos.
En 1780, el virrey Juan de Vértiz y Salcedo, suspenderá el privilegio portuario (y los tributos implícitos) otorgado a la ciudad como fuente de financiamiento para la defensa de la frontera norte. Y en 1782, otra decisión de Vértiz, dará comienzo a la separación de "la otra banda" (Paraná y buena parte de Entre Ríos) de la jurisdicción del Cabildo de Santa Fe. Así, las mejores tierras de Santa Fe pasaban a depender de Buenos Aires.
Las consecuencias de estas pérdidas encadenadas están bien condensadas en el informe que suscribe Francisco Javier de Larraga en 1789, donde afirma que había cesado todo comercio y que "(…) por falta de este alicitivo (aliciente) se despobló la ciudad, a tal extremo que no tiene ni la tercera parte de los habitantes de entonces y ya no hay comercio de carretas".
"(...) De 900 carretas por año, ahora sólo entran 20, y aún menos. Con eso han cesado las fábricas de carretas y la industria de manutención de las boyadas", agrega de Larraga. Otro tanto ocurría con las grandes arrias de mulares. En términos parecidos se expresará un lustro después José Teodoro Larramendi, procurador de la ciudad.
La contrafaz de la Buenos Aires virreinal será la desmantelada Santa Fe. Por eso no es extraño que, algunas décadas después, el sentimiento federal creciera con tanta fuerza en la provincia devastada por decisiones directas de la Corona española y, luego, del Virreinato de Buenos Aires.
Esa fue la génesis lejana de la rápida recepción de las ideas de José Gervasio Artigas por parte de Estanislao López, y su consiguiente lucha por la autonomía provincial y la organización del país a través de un sistema federal. Dos siglos y medio después, parte de esos anhelos se han cumplido, pero debajo de la maraña institucional permanece activa la raíz centralista.
















