Inhala profundo. Su pecho de cemento se colma de aromas ambiguos, pero emanan sus veredas exhuberancia de colores. Se despertó cantando con los pájaros, murmurando con el viento los secretos de la gente. La ciudad tiene resaca de combustión de motores, del humo de las estufas, de la quejas que deambulan herrumbrando las esquinas. Yo también respiro. El invierno parecía una extensión perpetua.
Ciudades y flores
Una crónica íntima sobre la llegada de la primavera a la ciudad, el despertar de los árboles florecidos y el alivio frente a la rutina y el invierno.

No hay líneas que definan el inicio o el final de las heridas. Los cambios llegan con la suavidad de la claridad que se prolonga. Entonces puedo tocar una flor, rosada o blanca, con la certeza de que es única entre miles de otras pequeñas flores del árbol, y soñar con probar una fruta en la siguiente estación.
Puedo sentir deslizándose en mis cavidades la premonición de los perfumes, el aliento a manzana acariciando las arterias. Todos los ruidos quedan obstruidos bajo el mismo pasto tímido y la alverjilla que juega a escapar de los jardines. La vida está aquí, renovándose en la perplejidad del instante. Ahora, a pesar de estar envejeciendo, las orillas floridas de mi cuerpo se agitan bajo el sol.
Este es el umbral donde me olvido del cansancio urbano, las promesas que no se cumplen, los precios que trepan las góndolas de los supermercados como enredaderas. El brote asoma perturbando el tallo limpio, los remolinos de polen tropiezan con el horizonte y el brillo en los ojos de alguien que amo me cuenta una historia que no se parece a la mía.
Comprendo la fugacidad, lo precioso de este latido de ternura que huye minuto a minuto como los capullos abrazados a la savia. Hoy las calles transpiran primavera y el cielo es un poco más azul.














