Cae suave esta minúscula partícula de agua. Blanca, fría, silenciosa, junto a otra y otra y otra; infinidad de chispas congeladas, espuma de un mar invertido. El bosque se viste de novia con esa pureza que perturba el aire. Creo, (yo siempre creo), que el amor es un oficio minucioso, elabora pequeños artificios para la felicidad sencilla.
Intimando con la nieve
En un paisaje blanco y sereno, la nieve transforma el entorno con su manto puro, mientras el amor se revela en los pequeños detalles de la vida cotidiana.

Cambia, como la nieve, la percepción de lo real. Todo se concentra en la delicadeza del detalle, la maravilla al alcance de la mano. Ese toque mágico desestabiliza el pie, lo natural, tan sublime y peligroso, como la enorme rama que se desprende por el peso acumulado sobre ella y deja herida la corteza mientras derrama su cabellera de hojas verdes sobre el suelo.
Confío en las transiciones de la vida, aunque hay cosas que permanecen intactas. El árbol sigue siendo árbol. La tierra sigue siendo tierra. Y quien ama continúa latiendo su pasión congénita más allá de la inclemencia.
Creo, (yo siempre creo), en el regocijo franco repitiendo quedamente su nostalgia, cuál éstas gotas geomórficamente idénticas, temporalmente sólidas, desbordando la intemperie, santiguando la inocencia del paisaje con su prístina belleza.
Soy una mujer de fe. La esencia del agua gira y gira entre los cuerpos, mengua su espejismo de distancia. El amor es un ciclo indefinido. La hermosura se derrite, desnuda nidos vacuos y follaje mutilado que arderá en las membranas de otro invierno.
Un resuello hierático descalabra las briznas cristales del helecho. Y la savia vuelve glauca, y los trinos pregonan al deshielo su esperanza de hierba y de racimo.
Creo, (yo siempre creo), que hay gestos como astillas pinchando con crudeza la memoria, hay amargos desamparos, sudor de soles y conciencia. Soy una mujer con fortalezas masticando la simple paz glacial de su sonrisa después de haber puesto el corazón en cada trama.
Resbalo, caigo, río, lloro humanamente envuelta en la nivea madeja de las horas. Mi boca reitera generosa la claridad que la conmueve, los misterios con que nombra su deseo. Creo, (yo siempre creo), que a trasluz la tristeza se desarma y se convierte en semilla entre mis dedos.
La arboleda da frescura a mis entrañas, y refracta luz austral en cada grieta. Dios me brota de la parte lastimada. Soy desde el origen una mujer que ama.

















