Y decirlo no es un recurso retórico ni un gesto nostálgico: es una obligación cívica. Porque cuando los cambios empiezan a sentirse en la vida cotidiana, el riesgo más grande es naturalizarlos. Olvidar de dónde venimos. Creer que lo que hoy parece orden, decisión o presencia del Estado fue siempre parte del paisaje, no lo fue.




































