En la madrugada del 28 de febrero, cuando la ciudad de Santa Fe todavía respiraba el silencio de las calles vacías, la vida de Francisco Carlos Ibarra, un taxista de 65 años, cambió para siempre.
Francisco Ibarra (65) fue asaltado y baleado en J. P. López al 3800. El shock del ataque le provocó un daño neurológico que hoy le impide trabajar.

En la madrugada del 28 de febrero, cuando la ciudad de Santa Fe todavía respiraba el silencio de las calles vacías, la vida de Francisco Carlos Ibarra, un taxista de 65 años, cambió para siempre.
Hasta entonces, su rutina era la de siempre: manejar en la noche, juntar unos pesos y volver a casa cuando el cielo empezaba a clarear. Pero a las cuatro de la mañana, en J. P. López al 3800, en la frontera difusa entre Don Bosco y Los Hornos, la noche le tenía reservada una escena de otro guion.
Un pasajero —o alguien que fingía serlo— terminó siendo otra cosa: un asaltante armado. Lo que vino después fue rápido y brutal. Primero el robo. Luego los disparos.
Según el relato de la víctima, el delincuente le quitó dinero y pertenencias. Pero el golpe no terminó ahí. Con la pistola todavía en la mano, el ladrón abrió fuego. Uno de los proyectiles impactó en la mano derecha de Ibarra. El otro pegó contra la puerta del taxi. Después de eso, el agresor se evaporó en la oscuridad.
El taxista, al que sus amigos llaman “El Colo”, hizo lo único que podía hacer: manejar. Con la mano herida y el cuerpo en estado de alerta, condujo como pudo hasta el hospital José María Cullen, donde recibió atención médica.
Le suturaron la herida, le hicieron estudios y, tras algunas horas, lo enviaron a su casa. Pero la historia no había terminado.
Los médicos repararon la mano. Pero algo más había quedado dañado. Días después del ataque apareció una secuela inesperada: dificultades para hablar.
El propio Francisco intenta explicarlo desde la cama del hospital, con frases que se quiebran en el aire: “Yo… no hablo normalmente… desde ese día”.
Los médicos creen que el origen podría estar en el shock nervioso y el estrés traumático que sufrió durante el asalto. Ahora los especialistas evalúan su cuadro con estudios neurológicos y tomografías. Mientras tanto, el hombre permanece hospitalizado.
El problema es tan simple como devastador: Francisco no puede trabajar. Y un taxista sin volante es un hombre sin ingresos.
“Estoy con el tema de la ART”, alcanza a decir. Pero eso no resuelve la urgencia cotidiana. Vive solo, alquila, y las cuentas siguen llegando aunque la salud esté en pausa.
“Mi tema hoy es donde vivo… no pude pagar”, explica con esfuerzo. La posibilidad de quedar en la calle dejó de ser una exageración.
A lo largo de los años, dicen sus colegas, El Colo siempre estuvo cuando había que reclamar algo: tarifas, seguridad o condiciones de trabajo. Ahora es él quien necesita ayuda. No lo pide con tono dramático. Más bien con pudor.
“No quiero molestar a nadie… pero estoy complicado”. Quienes quieran darle una mano pueden comunicarse al 3425-97-4422.
Es el número de un teléfono que ni siquiera es suyo. Un amigo se lo consiguió después de que el asaltante también le robara el anterior.
Pero la bala que atravesó la mano de Francisco dejó otra marca, más difícil de ver. En una ciudad donde los taxistas trabajan cada noche con el riesgo pegado al parabrisas, su historia vuelve a encender una pregunta vieja: cuánto cuesta salir a ganarse la vida después de medianoche.
Por ahora, el Colo espera. Espera que los médicos encuentren una explicación para su voz quebrada. Y espera que la solidaridad de sus colegas lo ayude a atravesar este bache inesperado.
Porque a veces un disparo no termina cuando se escucha el estruendo. A veces recién empieza ahí.




