Hay mañanas en las que salir de la cama parece más difícil, las manos están heladas aunque lleves guantes, sentís que te falta energía o que el aire frío “te corta” la respiración.
¿Qué le pasa al cuerpo cuando hace frío y cuándo hay que preocuparse?
Cuando hace frío, el organismo pone en marcha distintos mecanismos para conservar el calor: los vasos sanguíneos se contraen, aumenta el trabajo del corazón y los músculos comienzan a temblar.

También puede pasar que al caminar rápido aparezca una sensación de cansancio mayor que la habitual o que el cuerpo tarde bastante en entrar en calor. No siempre significa que exista un problema de salud: muchas de estas sensaciones son respuestas normales del organismo frente a las bajas temperaturas.
El cuerpo humano necesita mantener una temperatura interna relativamente estable. Cuando el ambiente se enfría, pone en marcha mecanismos para reducir la pérdida de calor y producir más.
El problema aparece cuando la exposición es prolongada, cuando la persona pertenece a un grupo vulnerable o cuando el frío se combina con humedad, ropa mojada, viento o esfuerzo físico.
Por eso, entender qué sucede permite diferenciar una reacción esperable de una señal que merece atención.

¿Qué le pasa al cuerpo cuando hace frío?
Una de las primeras respuestas ocurre en los vasos sanguíneos. Se contraen para reducir la cantidad de sangre que circula cerca de la superficie de la piel y conservar el calor en las zonas internas del organismo. Ese mecanismo puede explicar por qué las manos, los pies, la nariz o las orejas se sienten especialmente fríos.
Al mismo tiempo, el corazón puede tener que trabajar con mayor esfuerzo. La exposición al frío puede provocar una contracción de los vasos sanguíneos y elevar la presión arterial. La American Heart Association advierte que estas modificaciones pueden aumentar la exigencia sobre el sistema cardiovascular, especialmente en personas con enfermedades cardíacas.
Por eso, una persona puede notar que el frío no solo afecta la piel: también puede generar una sensación de mayor cansancio cuando realiza actividad física.
El temblor es otro mecanismo conocido. Cuando el organismo necesita producir calor rápidamente, los músculos se contraen y relajan de manera involuntaria. Ese movimiento genera calor y es una de las primeras señales de que el cuerpo está perdiendo temperatura.

Tener frío y temblar durante unos minutos no significa necesariamente que exista hipotermia. El problema aparece cuando la exposición continúa y el organismo ya no consigue compensar la pérdida de calor.
La hipotermia se produce cuando la temperatura corporal central desciende por debajo de los 35 °C. Puede aparecer después de una exposición prolongada a temperaturas muy bajas, pero también en situaciones menos extremas si una persona permanece mojada, transpira mucho o entra en contacto con agua fría.
Otro efecto que muchas personas reconocen es la sensación de que respirar cuesta más cuando el aire está muy frío. Las bajas temperaturas pueden resultar especialmente incómodas para quienes tienen enfermedades respiratorias, porque el aire frío y seco puede irritar las vías respiratorias y favorecer síntomas en personas susceptibles.
Además, durante el invierno aumenta el tiempo que pasamos en ambientes cerrados. La concentración de personas en lugares interiores facilita la transmisión de virus respiratorios. El frío, entonces, no es por sí mismo “la causa” de todos los resfríos o gripes, pero las condiciones propias de la temporada pueden favorecer la circulación de infecciones respiratorias.

¿Por qué algunas personas sienten más frío que otras?
No todos reaccionamos de la misma manera. La edad, el estado de salud, la ropa, la actividad física, la alimentación, la posibilidad de permanecer en un ambiente calefaccionado y el tiempo de exposición modifican la respuesta.
Los adultos mayores forman uno de los grupos que requieren mayor atención. Con el envejecimiento puede disminuir la capacidad del organismo para regular la temperatura corporal y reconocer que está demasiado frío. Las personas mayores con enfermedades cardiovasculares, diabetes u otras condiciones pueden tener un riesgo mayor frente a la exposición prolongada.
Los bebés y niños pequeños también necesitan cuidados especiales porque tienen una capacidad limitada para regular su temperatura y dependen de los adultos para mantenerse abrigados.
También deben prestar especial atención las personas con enfermedades cardíacas, hipertensión, problemas respiratorios y quienes realizan actividad física intensa al aire libre. La American Heart Association señala que la exposición al frío puede aumentar la exigencia cardiovascular y que el esfuerzo físico intenso en esas condiciones agrega una carga adicional.
Quienes trabajan en la calle, realizan tareas rurales, practican deportes al aire libre o permanecen muchas horas expuestos al frío también tienen un riesgo mayor, especialmente si la ropa se moja o si existe viento.

¿Cuándo el frío deja de ser una molestia y se convierte en una señal de alerta?
Hay síntomas que conviene conocer porque pueden indicar que el organismo está perdiendo demasiado calor.
Entre las primeras señales de una exposición excesiva aparecen:
temblores persistentes;
cansancio intenso;
sensación de debilidad;
torpeza o dificultad para coordinar movimientos;
dificultad para hablar con normalidad;
confusión;
somnolencia inusual.
Estos signos pueden avanzar cuando la temperatura corporal continúa descendiendo. Una situación especialmente preocupante es que el temblor desaparezca mientras la persona sigue muy fría y presenta confusión, somnolencia o pérdida de coordinación. La ausencia de temblores no significa necesariamente que la persona se haya recuperado; puede indicar que la hipotermia está avanzando.
En esos casos es necesario buscar asistencia médica urgente.
También hay que prestar atención a los síntomas cardiovasculares. Si durante una exposición al frío aparece dolor o presión en el pecho, falta de aire importante, desmayo, palpitaciones intensas o un malestar repentino, no conviene atribuirlo simplemente a la temperatura. Se requiere evaluación médica inmediata.
La American Heart Association advierte que el frío puede aumentar temporalmente el riesgo cardiovascular y que las personas con enfermedades cardíacas tienen una vulnerabilidad mayor.
En la piel también pueden aparecer lesiones relacionadas con el frío. Las zonas más expuestas suelen ser dedos, pies, nariz, orejas, mejillas y mentón. El entumecimiento, la pérdida de sensibilidad o cambios llamativos en el color de la piel después de una exposición intensa requieren atención.

¿Qué hacer para protegerse cuando baja mucho la temperatura?
La buena noticia es que muchas complicaciones relacionadas con el frío pueden prevenirse con medidas sencillas.
Vestirse por capas es una de las estrategias más útiles. Varias prendas relativamente sueltas permiten conservar una capa de aire caliente entre ellas. También es importante proteger cabeza, manos, pies y cuello, y utilizar prendas impermeables si existe lluvia o humedad.
Si la ropa se moja, hay que cambiarla lo antes posible. La humedad acelera la pérdida de calor y puede hacer que una persona se enfríe incluso cuando la temperatura exterior no parece extrema.
Otra recomendación es evitar esfuerzos físicos intensos al aire libre cuando hace mucho frío, especialmente si se tiene una enfermedad cardíaca o existen factores de riesgo cardiovascular. No es necesario dejar de caminar o realizar actividad física durante el invierno, pero sí adaptar la intensidad, la duración y el horario a las condiciones.
También conviene mantener una buena hidratación y no utilizar alcohol como una supuesta forma de “entrar en calor”. El alcohol puede alterar la percepción del frío y favorecer conductas de riesgo.
En casa, prestar atención a las personas mayores que viven solas también es una medida de prevención. Una llamada para saber si tienen calefacción, alimentos, medicamentos y ropa adecuada puede evitar una situación de exposición prolongada.

Un chequeo simple antes de salir
Antes de enfrentar una mañana muy fría, hacerse estas preguntas puede ayudar:
¿Voy a estar mucho tiempo afuera? Si la respuesta es sí, hay que reforzar la protección.
¿Tengo alguna enfermedad cardíaca o respiratoria? Si es así, conviene ser más cuidadoso con el esfuerzo y seguir las indicaciones del médico.
¿Voy a caminar, correr o trabajar al aire libre? Hay que adaptar la intensidad y prestar atención a síntomas que no sean habituales.
¿Estoy llevando ropa suficiente? Las manos, pies, cabeza y cuello no deberían quedar desprotegidos.
¿Hay humedad, lluvia o viento? Estas condiciones pueden aumentar la pérdida de calor, incluso cuando el termómetro no marca temperaturas extremadamente bajas.
Y hay una última pregunta importante: ¿cómo me siento? Si el cuerpo tiembla de manera persistente, aparece confusión, somnolencia, torpeza, dificultad para hablar, dolor en el pecho o falta de aire importante, no hay que esperar a que “se pase con un café o entrando en calor”. Es momento de buscar ayuda.
El frío forma parte del invierno y, para la mayoría de las personas, puede manejarse con abrigo, alimentación, actividad adecuada y sentido común. Pero conocer los límites del organismo permite algo más importante: detectar a tiempo cuándo una sensación cotidiana dejó de ser solamente frío y puede estar convirtiéndose en un problema de salud.









