Venía caminando a sus anchas por el medio de Irigoyen Freyre hacia Belgrano. Como era feriado nacional y no había casi nada de tránsito, a la calle la sentía suya. Sus pasos eran espaciados, lentos, y su aspecto aterrador, como el de un monstruo lovecraftiano: una máscara negra con luces que son rayos lásers, dos "patones" enormes con pezuñas de animal salvaje, cuatro calaveras colgadas en su torso, una lanza.


































