El cerebro no funciona de manera aislada. La capacidad de aprender algo nuevo, concentrarse, adaptarse a los cambios y afrontar los desafíos cotidianos también está relacionada con la salud mental, el descanso, la alimentación, la actividad física y los vínculos sociales.
¿Cómo está la salud cerebral de los argentinos? Los datos que preocupan y las fortalezas
Una encuesta realizada a más de 1.000 personas de siete ciudades argentinas analizó el llamado “capital cerebral”, que reúne las capacidades para aprender, concentrarse y adaptarse junto con la salud mental y los hábitos. El estudio encontró una población confiada en sus habilidades, pero con dificultades vinculadas al descanso, la actividad física y la alimentación.

Bajo esa mirada, un nuevo informe de Insight 21, el think tank de la Universidad Siglo 21, exploró por primera vez el estado del llamado brain capital o capital cerebral en Argentina.
El concepto refiere al conjunto de habilidades cerebrales y condiciones de salud cerebral que una sociedad acumula y que permiten a las personas aprender, adaptarse, innovar y sostener su bienestar.
El informe plantea que este capital puede considerarse un activo estratégico, ya que invertir en las capacidades humanas puede tener efectos sobre el bienestar, la productividad y la innovación.

Para conocer cómo se encuentra la población argentina en estas dimensiones, se realizó una encuesta telefónica a 1.050 personas de entre 18 y 70 años, residentes en Ciudad de Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Mendoza, Rosario y San Miguel de Tucumán.
Los resultados muestran una realidad con dos caras: por un lado, existe una elevada confianza en las propias capacidades cognitivas y socioemocionales; por otro, aparecen señales de alerta relacionadas con la percepción de la salud mental y, especialmente, con algunos hábitos cotidianos.
La mayoría confía en su capacidad para aprender y adaptarse
Uno de los resultados más positivos del relevamiento aparece en el primer pilar analizado: las habilidades cerebrales.
El 70% de las personas encuestadas asegura sentirse capaz de aprender cosas nuevas. Se trata de una percepción importante porque el aprendizaje constituye una de las capacidades centrales para desenvolverse en contextos que cambian permanentemente.
La concentración también presenta valores relativamente altos. El 65% afirma que puede concentrarse fácilmente en tareas importantes.

En tanto, el 56% considera que puede adaptarse con facilidad a cambios o situaciones nuevas.
Los investigadores consideran que estas habilidades autopercibidas representan una fortaleza del capital cerebral argentino. Además, señalan que las diferencias entre grupos sociales son menores cuando se observan estas capacidades.
Es decir, el nivel socioeconómico o educativo no parece generar grandes diferencias en la confianza que las personas tienen sobre su capacidad para aprender, concentrarse o adaptarse.
La situación cambia cuando se analizan las condiciones que permiten desarrollar y sostener esas capacidades.
Allí aparecen algunas de las principales brechas.

La salud mental aparece como una señal de alerta
El segundo gran eje del informe es la salud cerebral, que incluye la salud mental, el bienestar emocional y el funcionamiento cognitivo.
En este punto, los resultados son menos favorables.
Solo el 53% de los encuestados calificó como buena su salud mental durante el último mes. El resto eligió categorías que van desde regular hasta muy mala: un 40% la consideró regular, un 5% mala y un 2% muy mala.
Los autores del estudio aclaran que estos resultados no representan una medición clínica ni permiten establecer cuántas personas tienen un trastorno de salud mental. Se trata de una percepción autorreportada del propio bienestar.
Sin embargo, consideran que el dato funciona como una señal de alerta a nivel poblacional.

La diferencia entre la confianza en las propias capacidades y la percepción de la salud mental es uno de los puntos centrales del estudio. Una persona puede sentirse capaz de aprender o adaptarse y, al mismo tiempo, atravesar un período en el que percibe negativamente su bienestar emocional.
El informe también destaca el papel de los vínculos. En este aspecto aparece otra fortaleza: el 69% de las personas dice sentirse siempre acompañado y apoyado por su entorno social.
Un 23% manifiesta sentirse acompañado solo algunas veces, mientras que un 5% señala que quisiera tener más apoyo y un 3% afirma sentirse solo.
Los vínculos, por lo tanto, aparecen como un factor protector para una parte importante de la población.

Dormir, moverse y comer mejor: la gran asignatura pendiente
Si hay un aspecto en el que los resultados muestran un margen amplio de mejora, es el de los hábitos de vida.
El informe analizó tres factores concretos: actividad física, sueño y consumo diario de frutas y verduras.
El primer dato llama la atención: apenas el 24% de las personas alcanza los 150 minutos semanales de actividad física, que el estudio toma como referencia a partir de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud.
En otras palabras, aproximadamente una de cada cuatro personas llega a ese nivel de actividad.

El descanso tampoco presenta un panorama favorable. El 47% duerme menos de siete horas por día, es decir, casi la mitad de los encuestados.
El informe considera especialmente relevante el sueño por su relación con diferentes aspectos del funcionamiento cerebral, entre ellos la cognición, el estado de ánimo y la productividad.
La alimentación completa el cuadro. Solo el 29% asegura consumir frutas y/o verduras diariamente.
Para los investigadores, estos hábitos representan al mismo tiempo una debilidad y una oportunidad. A diferencia de otros factores más difíciles de modificar, el sueño, la actividad física y la alimentación pueden ser objeto de intervenciones concretas.
Pero los resultados también muestran que no todas las personas tienen las mismas oportunidades para incorporar estos hábitos.

Las diferencias aparecen con mayor fuerza según educación y nivel socioeconómico
Uno de los principales hallazgos del informe es que las desigualdades no se encuentran tanto en las habilidades que las personas creen tener, sino en las condiciones que ayudan a desarrollarlas.
Por nivel socioeconómico, por ejemplo, el acceso al aprendizaje continuo alcanza al 70% en el nivel medio-alto, frente al 49% en el nivel bajo.
También existe una diferencia en la percepción de la salud mental: mientras el 58% del nivel socioeconómico medio-alto la califica como buena, esa proporción baja al 38% entre quienes pertenecen al nivel bajo.
Algo similar sucede con el apoyo social pleno: llega al 73% en el nivel medio-alto y al 55% en el nivel bajo.

El nivel educativo también marca diferencias.
Entre quienes tienen secundario o menos, solo el 17% alcanza los 150 minutos semanales de actividad física, frente al 29% de quienes tienen estudios universitarios.
La alimentación presenta una brecha todavía mayor: el consumo diario de frutas y verduras pasa del 15% entre quienes tienen nivel secundario o menos al 37% entre quienes alcanzaron el nivel universitario.
El acceso al aprendizaje continuo también se diferencia fuertemente: 34% frente a 65%, respectivamente.
En cuanto a la salud mental percibida, el 45% de quienes tienen secundario o menos la considera buena, mientras que el porcentaje asciende al 59% entre quienes tienen estudios universitarios.

El apoyo social pleno sigue el mismo patrón: 61% frente a 74%.
La edad también muestra diferencias. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, el 49% considera buena su salud mental, mientras que el valor llega al 66% entre quienes tienen entre 50 y 59 años.
En el apoyo social, los más jóvenes presentan el valor más alto: 80% entre los 18 y 29 años. El indicador baja al 63% entre los 40 y 49 y vuelve a subir al 67% entre los 60 y 70.
La alimentación también varía: solo el 19% de los jóvenes de 18 a 29 años consume frutas y verduras diariamente, frente al 36% entre los 50 y 59 años.
El estudio, sin embargo, advierte que estas comparaciones por edad son descriptivas y no permiten establecer causas.

Qué significa cuidar el “capital cerebral”
El concepto de brain capital propone ampliar la mirada sobre la salud cerebral. No se trata solamente de prevenir enfermedades neurológicas o atender problemas de salud mental, sino también de crear condiciones para que las personas puedan aprender, pensar, relacionarse, adaptarse y mantener su bienestar a lo largo de la vida.
En ese sentido, los resultados del informe dejan una conclusión concreta: Argentina cuenta con una población que confía en sus capacidades, pero existen dificultades para sostener las condiciones que permiten desarrollar ese potencial.
El desafío no parece estar únicamente dentro de cada persona. El nivel educativo, la situación socioeconómica, el acceso a oportunidades de aprendizaje y las redes de apoyo también influyen en las posibilidades de cuidar la salud cerebral.
Por eso, mejorar el descanso, incorporar movimiento y sostener una alimentación saludable son acciones importantes, pero no suficientes por sí solas.
El informe plantea que fortalecer el capital cerebral también requiere mejorar el acceso a la educación, reducir desigualdades, fortalecer los vínculos sociales y ampliar las oportunidades de aprendizaje.
Se trata, en definitiva, de entender que cuidar el cerebro no comienza cuando aparece un problema. También implica construir durante toda la vida las condiciones que permitan mantenerlo activo y saludable.









