Color, picardía, teatro callejero y un sutil aporte femenino. Así podría resumirse el clima cinematográfico perfecto para el tango del cual es autor Francisco García Jiménez: "Siga el corso", del año 1926.
En el carnaval, una mujer enmascarada, intrigante y seductora, desafía a los espectadores a descubrir su identidad, simbolizando la eterna búsqueda de autenticidad.

Color, picardía, teatro callejero y un sutil aporte femenino. Así podría resumirse el clima cinematográfico perfecto para el tango del cual es autor Francisco García Jiménez: "Siga el corso", del año 1926.
En esta entrega discográfica que cuenta con música de Anselmo Aieta, y sin apartarse en absoluto del clásico humorismo de consumado comediógrafo, el citado autor -poeta y letrista que alguna vez utilizó el seudónimo de Joe Francis- agrega un toque de fino misterio, en el que la sonrisa siempre esconde una trampa.
Recorramos el telón y apreciemos esta escena teatral en toda su extensión: una mujer enmascarada, tan seductora como intrigante, aparece de la nada imposible de descifrar. ¿Quién es? La pregunta obligada: todos la miran pero nadie la reconoce. ¿Qué busca? Nadie lo sabe, pero todos caen en su juego. Detrás de esa máscara, y más allá de ocultar su identidad, revela un deseo.
Este tema musical nos sitúa en pleno carnaval, en ese territorio donde la realidad se suspende y las identidades se vuelven inciertas. Entre serpentinas, risas y disfraces, de repente aparece un personaje tradicional del carnaval, La Colombina, una mujer misteriosa y enmascarada, que despierta curiosidad, fascinación, desconcierto y deseos (*).
El carnaval invita al juego. La atmosfera del carnaval atrapa y permite lo prohibido: mirar sin comprometerse y seducir sin revelar quien se es realmente. La máscara oculta el rostro pero habilita a un juego extremadamente peligroso. Fascinante pero peligroso.
Si hay carnaval… hay corso, eso es así, de manual y protocolo y el corso es un desfile típico de esta celebración que se convierte en un juego de seducción y enigma:
"Esa colombina, puso en sus ojeras/ humo de la hoguera de su corazón.// Aquella marquesa de la risa loca/ se pintó la boca por pintar a un clown"
Aparece el simbolismo: la mujer, no es una figura alegre pero lleva fuego interior y pasión escondida detrás de esa imagen de apariencia teatral que combina "colombina, marquesa y clown" al mejor estilo de ese género de teatro popular italiano basado en la improvisación, donde los personajes representan emociones humanas exageradas, donde a veces la risa puede ser disfraz del dolor y donde la seducción nace de una tristeza maquillada:
"Cruza del palco hasta el coche/ la serpentina nerviosa y fina/ como un pintoresco broche/ sobre la noche del carnaval"
El escenario se dimensiona y cobra dinamismo y color. Todo se mueve, el carnaval funciona, el caos emocional no está ausente. Metafóricamente la serpentina frágil y fugaz simboliza el vínculo que se carga cada vez de más fascinación por esa mujer que está detrás de la máscara y el deseo irrefrenable de conocer la verdadera identidad:
"Decime quién sos vos, decime dónde vas/ alegre mascarita que me gritas al pasar/ ¿Qué hacés? ¿Me conocés?/ Adiós, adiós, adiós/ yo soy la misteriosa mujercita que buscás"
Aparece la intriga y el dramatismo. El hombre pregunta, ella evade. Él busca la identidad, ella responde con juego: "Yo soy la misteriosa mujercita que buscás". Ja já, no le dice nada, al contrario, lo molesta, juega y aumenta el enigma y el deseo de alimentarse de lo que es inalcanzable:
"Sacate el antifaz, te quiero conocer/ tus ojos, por el corso van buscando mi ansiedad/ tu risa me hace mal, mostrate como sos/ detrás de tus desvíos, todo el año es carnaval"
La insistencia en quitar el antifaz y descubrir la voz real de la mujer simboliza la búsqueda de autenticidad y la necesidad de conectar más allá de las apariencias. La mención de que "todo el año es Carnaval" sugiere que las personas a menudo ocultan su verdadero yo, no solo durante las festividades, sino en la vida cotidiana.
"Con sonora burla, truena la corneta/ de una pizpireta dama de organdí/ y entre grito y risa, linda maragata/ jura que la mata la pasión por mí.// Tras de los chuscos carteles/ cruzan los fieles del Dios jocundo/ y le va pendiendo al mundo/ sus cascabeles, el carnaval"
El ambiente ya roza lo satírico aunque sigue siendo festivo y el carnaval se ríe del protagonista. Todo conspira para que la verdad nunca aparezca: las mujeres que participan con alegría y pasión, las pancartas, los carteles y pasacalles aportan la gracia y los participantes de la fiesta rinde culto a su dios (jocundo) que no es otro que "Momo".
Pero ya nada suena igual y hay un verso demoledor, que ya no habla de la mujer, sino de la vida donde muchos viven permanentemente disfrazados: seducen sin entregarse. Ríen sin mostrarse y pasan dejando preguntas sin contestar:
"Decime quién sos vos, decime dónde vas/ alegre mascarita que me gritas al pasar/ ¿Qué hacés? ¿Me conocés?/ Adiós, adiós, adiós/ yo soy la misteriosa mujercita que buscás// (...) Sacate el antifaz, te quiero conocer/ tus ojos, por el corso van buscando mi ansiedad/ tu risa me hace mal, mostrate como sos/ detrás de tus desvíos, todo el año es carnaval".
"Siga el corso" nos deja una certeza tan irónica como humana, que no siempre se persigue a alguien real, sino a la versión imaginada que el misterio permite. El carnaval termina, la música se apaga y las máscaras caen, aunque algunos encuentros siguen siendo muy enigmáticos porque nunca se llega a la verdad. Muchos son los que usan máscara, y no solo en carnaval.
Quizás el mayor hechizo no es ocultar el rostro sino lograr que se prefiera la ilusión antes de descubrir realmente quién es. Sabemos que el tango es un género que explora temas de pasión, deseo y desengaño, "Siga el corso", no es la excepción y demuestra, además, la complejidad de las interacciones sociales, donde algunas personas se esconden detrás de máscaras (literal o figurativamente).
Hasta la próxima.
(*) La Colombina es un personaje típico de la commedia dell'arte, amante de Arlequín, caracterizada como una sirvienta astuta e ingeniosa.
La mujer que nunca se sacó la máscara
Sábado a la tardecita, a la caída del sol... cuando la noche aparecía con su atmósfera pesada. El barrio se disponía a olvidar las penas y los faroles semejaban a una luz más potente. El corso avanzaba lento por la calle empedrada. Los pibes corrían detrás del papel picado y la murga golpeaba los parches con alegría retumbando en los corazones.
Me ubiqué sobre el cordón de la vereda observando su desarrollo, cuando apareció ella… con antifaz oscuro y sonrisa peligrosa, de esas que prometen historias que después nadie puede contar sin suspirar. Se detuvo frente a mí, inclinó su cabeza como si me conociera y soltó una risa breve, pero cómplice.
- ¿Qué hacés? ¿No bailás? (me preguntó)
Intenté reconocer quién era pero sabía que la pregunta estaba perdida y quedaría flotando en el ambiente. Y tonto de mi parte, pues no recalé que era "carnaval… y.nadie dice la verdad". Bailamos, obviamente, entre serpentinas que caían como lluvia cansada. Sus manos eran livianas pero su mirada, a pesar del antifaz, pesaba.
Intenté descubrir algo detrás de esa máscara, pero ella giraba y se escapaba de mi mirada... y volvía a sonreír. Me estaba dando una señal clara, no quería que la reconociera, pero sí quería que la recordara. Cuando la murga dobló la esquina, desapareció escabulléndose entre la gente. Corrí, la busqué, pero todo fue en vano… no la encontré y nunca supe quién era.
Ahí fue que comprendí que en realidad quizás la conocía demasiado y que apareció ante mí para enseñarme que existen los misterios justamente para no resolverse nunca. Desde entonces, cada carnaval miro a las máscaras con más respeto, porque aprendí que hay personas que se enmascaran no para engañar, sino para seguir siendo recordadas.