Por Remo Erdosain
La mesa es la de siempre pero algunas modificaciones se registran: Abel ha cambiado el café por el liso y José por un Martini, pero Marcial sigue leal a su taza de té y yo a mi pocillo de café. Noviembre agoniza y con el penúltimo mes del almanaque, el 2013 se prepara para despedirse para siempre de nuestras vidas. —Se murió Ricardo Fort -anuncia José. —¿Quién es Ricardo Fort? -pregunto. —No me digas que no sabés quién es Fort -exclama Abel. —¿Por qué tengo que saberlo? -respondo, mientras le guiño el ojo a Marcial —Porque es uno de los grandes personajes de la farándula. —Insisto, no tengo la obligación de conocer el obituario de los personajes de la farándula. Además, pregunto ¿qué hizo de importante este señor? No digo para la humanidad, no espero de él semejante cosa, sino para lo que él mismo eligió hacer. ¿Fue un buen cantante, un buen músico, un buen actor, un buen showman, un renovador de la moda, un escenógrafo excepcional? —Los gorilas siempre haciéndose los raros, siempre contentos de estar lejos del pueblo -acusa José. —¿Y Fort era un exponente del pueblo? -vuelvo a preguntar. —Al pueblo le gustaba y a mí con eso me basta y me sobra. —¿Le gustaba al pueblo o le gustaba a la platea de Tinelli?, pregunto. —¿Y acaso no es lo mismo? -interviene Marcial con su sonrisa infalible. —Algo de razón tenés -digo- después de todo Tinelli es el aliado mediático más leal que tiene este gobierno, el personaje que mejor expresa el tipo humano que desearía confeccionar este gobierno. —Y lo es -agrego- porque es capaz de inventar personajes como Fort y programas populares como “Bailando por un sueño”. —Paren la moto -exclama José- Fort no era peronista, si eso es lo que quieren insinuar. —Si no lo era se parecía -observa Abel. —No sé en qué se fundan para arribar a esa conclusión -observa José. —En que tenía todos los atributos del peronista -señala Marcial- ostentoso, grosero, pésimo gusto, amante de Miami. Si nunca fue peronista es porque no se dio cuenta. —Hablando en serio -digo- lo que yo no entiendo por qué tanta runfla por un tipo lamentable. —Algunas virtudes debe de haber tenido -concede Abel. —O algunos defectos visibles tiene el llamado campo nacional y popular para interesarse por un espécimen despreciable. —No hay ninguna manifestación del gobierno que permita establecer una conexión ideológica con Fort. —Ideológica no sé, pero cultural sí -observo —No seamos tan duros con él. Por lo que se sabe era un tipo que sufrió mucho, que nunca lo quisieron -comenta José. —Ahora no me vengan con el cuento de la tristeza, con el melodrama del niño sufrido y solo -digo- nació en cuna de oro, tuvo las posibilidades y oportunidades que millones de personas que valen más que él no tuvieron y a lo único que se dedicó fue a hacerse cirugías estéticas, plantarse tatuajes horribles en el cuerpo, lucir autos y motos caras y protagonizar simulacros de escándalos amorosos en la pantalla. —Pero habría que ver por qué fue así, por qué eligió esa vida. —Yo no creo que Fort en su vida haya elegido nada, si por elección se entiende una decisión consciente y libre. —Yo insisto en que hay causas que explican el comportamiento de la gente. —Causas siempre hay, pero ellas no pueden ser coartadas para justificar lo peor, porque con ese razonamiento lo disculpamos a Hitler, Drácula y Al Capone. Sin ir más lejos, Hitler tuvo un padre autoritario, prepotente y una madre sobreprotectora, pero ocurre que ese cuadro familiar es el de millones de personas, pero esas millones de personas no se transforman en Hitler o en un pedazo de carne alienada como fue Fort. —No sé adónde querés llegar. —A que además del entorno social y familiar existen las opciones individuales, las elecciones de vida, eso que se llama libertad y que a los populistas como a vos les cuesta tanto admitir. —Lo que habría que preguntarse -observa Abel- es por qué lo siguió tanta gente. —No exageremos -dice Marcial- tanta gente no lo siguió y habría que preguntarse hasta dónde su fama proviene del talento o de los millones de pesos que puso. —¿Tanta plata tenía? pregunta Abel. —Hay una fábrica de chocolates fundada por su abuelo hace más de un siglo y una fortuna personal que, según los chismosos del ambiente, superaba con comodidad los doscientos millones de dólares.. —¡A la perinola! exclama Abel. —Sí, tenía tanta plata como poco talento. —Eso es lo que no le perdono -digo- yo sé que en la historia muchos murieron jóvenes por los excesos del alcohol, las drogas o la propia locura, pero lo que justifica a los Poe, Rimbaud, Verlaine, Van Gogh, Byron, fue el talento, el genio creador. —Que, insisto virtudes que a Fort le faltaban en la misma proporción que le sobraba plata. —La ausencia de talento de Fort es asombrosa: si algún arquetipo representa es el de la vulgaridad ostentosa, el de la alienación en lo más miserable y estúpido de la condición humana. —Sin embargo, seguimos hablando de él. —Dentro de una semana ni nos acordamos de cómo se llamaba, —Admitamos de todos modos -insiste José- que si bien el hombre no fue un revolucionario fue un rebelde, un transgresor. —Vos tenés una idea muy mala de la rebeldía y la transgresión -digo- —¿Por qué? —Porque la rebeldía es algo mucho más digno, es un acto de libertad y en ese sentido siempre es transgresora. —Fort se enfrentó con los burgueses de sus hermanos, se rió de la corrección burguesa de una familia millonaria, eligió el martirilogio cuando pudo haber sido un gran señor. —Ahora entiendo por qué sos peronista -acusa Marcial. —Fort no se enfrentó con nadie José -digo- a lo sumo se peleó con sus hermanos porque no le gustaba trabajar en la chocolatería y prefería derrochar la plata en Miami; pero si para vos esto es ser rebelde, Isidorito Cañones es el Che Guevara. —Tampoco se puede hablar de un martirilogio -agrega Marcial- un reventado no es un mártir. —¿Qué se puede esperar de un tipo que se hizo veintisiete operaciones para ser más lindo, más alto, más musculoso? —Que no estaba conforme con lo que era. —Más o menos, porque también su identidad fueron los millones que heredó y a los que nunca les dijo que no, porque sin esa plata ese hombre no era nada ni nadie. —A su manera fue un dandy- agrega José. —Lucio Mansilla era un dandy; Oscar Wilde lo era; ¿Qué tienen que ver Mansilla y Wilde con ese mamarracho? —Un estilo de vida. —Un estilo de vida en Miami. —¿Y que tiene de malo Miami? —No sé que tiene de malo -explica Marcial- pero para mí un argentino que elige Miami es una cosa y un argentino que elige Nueva York, Filadelfia o Boston es otra. Y tu amigo Fort estaba en el pelotón de los de Miami, donde los héroes son Susana Giménez, Moria Casan y cuanto nuevo rico guarango quiera iniciar su curso de parvenu. —No comparto -exclama José.




