Dice Jorge Luis Borges en "Fundación mítica de Buenos Aires":
En las esquinas de San Lorenzo y Bulevar, el bar Torino fue testigo de vivencias estudiantiles. Un refugio de café y vino donde se tejieron historias imborrables.

Dice Jorge Luis Borges en "Fundación mítica de Buenos Aires":
"Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,/ durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,/ pero son embelecos fraguados en la Boca./ Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo./ Una manzana entera pero en mitá del campo,/ expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas/ la manzana pareja que aún persiste en mi barrio: Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga".
El poema pertenece a su libro "Cuaderno San Martín", publicado en 1929. Habla de la ciudad de Buenos Aires, pero de esa ciudad pondera una mínima expresión: la manzana. El universo no es el mundo, mucho menos el país, ni siquiera la ciudad o el barrio, sino la manzana, esas cuatro cuadras creadoras de los recuerdos y mitos más perdurables de la niñez y la juventud.
La manzana de la que yo hablo es santafesina. No es la manzana de mi infancia, pero sí la de mis primeros años de estudiante, que de alguna manera fueron mi "infancia" en la ciudad. No es por lo tanto la manzana de Borges, pero está inspirada en el poema de Borges. Menciono las calles que "persisten": Obispo Gelabert, Bv. Pellegrini, San Lorenzo y Saavedra.
En ese territorio viví unos cuantos años. Y ya se sabe que cuando se es muy joven los años son largos, prolongados, a veces eternos.
Después vinieron otras manzanas, otras calles y otras experiencias. Pero la que menciono es la que "persiste". Allí me pasaron "cosas". Cosas de la vida, cosas del alma, cosas del corazón. Allí hubo amigos y mujeres. Historias que se pueden contar e historias que no es aconsejable contar.
Mi inspiración es el poema de Borges, pero muchas de las cosas que ocurrieron están más cerca de los suspiros de Gustavo Adolfo Bécquer y las lágrimas de Héctor Gagliardi que de Jorge Luis Borges. Pero bueno, que uno sea borgeano no quiere decir que lo sea para toda circunstancia y lugar.
En la esquina de San Lorenzo y Bulevar se levantaba el bar Torino, un bar en donde transcurrieron muchas otras peripecias. Más de noche que de día; con mucho café y con bastante vino. Y si no era el Torino era el Capri: el mismo dueño, el mismo café, la misma milanesa, el mismo "pingüino" de vino y el mismo porrón de cerveza.
Todo barato, hecho a medida para bolsillo de estudiante. Y para el aguerrido estómago de estudiante.
Cruzando la manzana en imaginaria diagonal, en la esquina exacta de Obispo Gelabert y Saavedra, estaba la peluquería de Mateo. Peluquería de las de antes. Peluquería con peluquero veterano que hablaba de fútbol, hablaba de tango y conocía todos los chismes del barrio.
Peluquería con olor a loción y a gomina, con afiches publicitarios en las paredes, afiches que honraban a Carlos Gardel, a Shirley Temple, a Juan Manuel Fangio y a Irineo Leguisamo. Mateo te cortaba el pelo conversando con vos y con los clientes. Era de los peluqueros formado en los tiempos de "la cero", por lo que había que advertirle que no te dejara "pelado".
Me gustaba ir a lo de Mateo porque me gustaba el ambiente de hombres que allí se convocaba. Yo además la pasaba muy bien leyendo Rico Tipo y la revista de Patoruzú. Los años hacen su trabajo y en el recuerdo los personajes no se confunden pero pueden ser de una u otra revista.
Pienso en el Gordo Villanueva, en Avivato, en Don Fulgencio, en Fierro, en Nolo Garavaglia, en Jovito Barrera, "el barrilete sin cola", o en las caricaturas de Calé: "Buenos Aires en camiseta". Las recuerdo apiladas en una mesita que se reflejaba en los espejos. Y me recuerdo leyéndolas mientras esperaba que me toque el turno. Fue en la peluquería de Mateo que aprendí a leer El Gráfico, Goles y a veces Leo Plan.
Pasaron los años. Sigo yendo a las peluquerías. Sospecho que los peluqueros de ahora están más actualizados con la técnica, pero ese clima, ese olor a loción, esas revistas, esas horas del sábado a la tarde en la que caían todos los muchachos para ponerse en condiciones y ganar la noche del sábado,...
Esos tangos cantados por Oscar Larroca o Raúl Berón que llegaban de la vieja radio colgada en la repisa, o esos partidos de fútbol transmitidos por la voz, por el lenguaje impecable de Fioravanti… ese clima, ese tono, ese ambiente, ese rumor de voces se fueron para siempre.
Y se fueron con los tocadiscos Winco, la payana, el trompo, las bolitas, el tejo, las milongas en los clubes, los radioteatros de la tarde, los discos 78, la gomina Brancato, los zapatos de charol y las chicas de Divito.
Yo vivía entonces en calle Obispo Gelabert, casi a mitad de cuadra, vereda norte. Un pasillo largo, el último departamento al fondo, con un patio con plantas y enredaderas. Allí viví hasta que el 24 de marzo de 1976 los militares decidieron que debía mudarme a la localidad de Coronda y no precisamente a cosechar frutilla.
¿Qué recuerdo? El cine Apolo. O, mejor dicho, el edificio del cine Apolo, porque para esos años el cine era recuerdo, leyenda; una leyenda que incluía la presencia de Gardel en su última visita a la ciudad, en 1933. Gardel cantó en el Apolo y los chismes de la peluquería decían que hizo más de una gestión para que algunos tangueros de bolsillos flacos pudieran entrar al salón sin pagar la entrada.
Al lado del cine Apolo -creo que aún las letras sobreviven en los altos del edificio que hasta hace poco era una agencia de ventas de autos- había una cochera. En esa cochera, una madrugada de 1974, el teniente primero Juan Carlos Gambandé fue asesinado por un comando del ERP. Llegaron en un Ford Falcon robado, bajaron y le metieron dos tiros. Yo escuché los disparos desde mi casa.
Gambandé tenía 24, 25 años y aún le debe estar preguntando a San Pedro por qué lo mataron aquella madrugada de octubre, cuando después de despedirse de su mujer embarazada de seis meses salía de la cochera con su Fiat 600 en dirección al Liceo Militar. Ese hijo nació con el padre muerto y, según me contaron, alguna vez fue arquero de Central Córdoba.
Al lado del cine Apolo hubo durante unos cuantos años una parrilla. Creo que los dueños cambiaron, pero en aquellos años los clientes fuimos más o menos los mismos. No había mucho para comer, pero la cocina no era mala. Milanesas, tallarines, tortillas de papas, algún fin de semana de invierno, un buen guiso carrero. No mucho más. Precios módicos para estudiantes pobres o laburantes de la zona.
Los viernes y los sábados a la noche había parrilla. Y a veces algunas guitarras animaban la escena. Recuerdos alegres y tristes de aquellas veladas. Amigos y mujeres. Algunos están, otros marcharon al silencio. Con algunos me veo de vez en cuando, con otros hemos decidido no vernos más, aunque más de una vez me visitan en mis sueños