La caída no tiene fin, no se toca fondo nunca. No existe el revulsivo que cure. Todos los equipos han tenido una reacción, menos Colón. Hasta Godoy Cruz lo consiguió. Colón apenas muestra un poco de orden, pero apenas le alcanza para aguantar medianamente bien un tiempo. Después, al primer golpe se cae y no se levanta más. Es como un boxeador de mandíbula frágil y que no pega. Mantiene a su rival a distancia hasta que lo embocan. Y cuando esto pasa, no se recupera más. ¿Es un problema anímico?, sí. ¿Es también futbolístico?, sí. ¿Es también físico?, sí. Todo confluye y nada se puede ignorar, aunque seguramente una cosa trae la otra. La parte anímica quita confianza, genera miedo a perder y termina atando a los jugadores. Las derrotas se empiezan a construir en los segundos tiempos, no se convierten goles y, en contrapartida, se sufren en el arco propio. Es una cadena de infortunios que han llevado a Colón a un estado de cosas que ya a esta altura preocupa muchísimo por aquello que se dice al principio: la caída no tiene fin, no se toca fondo nunca, no hay una red de contención que logre frenarla.
































