¿Es posible una convivencia democrática basada en el respeto por quien piensa distinto y en una política del cuidado? Analizando el desarrollo de la democracia en los últimos años, parece casi utópico plantear la política como el arte del cuidado del bien común y del respecto de las diferencias. Incluso en los niveles más altos del poder, la autoridad política asume y legitima el uso de la violencia y el desprecio hacia quienes sostienen ideas opuestas. Algo que llama la atención es que, como sociedad, nos hemos acostumbrado a este ejercicio de la política y somos incapaces, por indiferencia o desinterés, de reaccionar ante la violencia en los discursos y en las acciones políticas. Nuestra capacidad de respuesta ante la injusticia se ve limitada por una especie de acedia política colectiva que nos impide romper la inercia de la apatía.



































