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Reflexiones desde una perspectiva filosófica

Analizando el sentido del chivo expiatorio

El rito del chivo expiatorio traslada culpas colectivas a un individuo o a un grupo de personas en particular, exponiendo cómo las sociedades gestionan crisis mediante la transferencia simbólica.

Analizando el sentido del chivo expiatorioAnalizando el sentido del chivo expiatorio

Jueves 21.5.2026
 21:18hs
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Lisandro Prieto Femenía
Por: 
Lisandro Prieto Femenía

"Lo que cura y lo que mata, aquello que salva a la comunidad y a la vez es sacrificado por ella, no son opuestos sino la misma cosa tomada desde dos caras de la misma operación"

Jacques Derrida

***

La historia del pensamiento occidental puede leerse como un intento persistente de trazar fronteras nítidas donde la realidad sólo ofrece matices.

En el centro de esta pugna, se halla la figura del "phármakon", un término que en la Grecia clásica designaba un objeto que porta en su raíz la incertidumbre: es el remedio que restaura la salud y, simultáneamente, el veneno, la droga o el hechizo que la socava.

Esta polisemia no es un error semántico, sino la condición de posibilidad de un sentido trágico que encarna una ambivalencia constitutiva. Algo similar ocurre con el rito del "azazel" o "chivo expiatorio", donde se desplaza sobre un animal la totalidad de las culpas colectivas para expulsarlas y así gestionar la crisis comunitaria por medio de la transferencia.

Ambas figuras comparten una funcionalidad estructural, puesto que curar y envenenar son operaciones que se articulan mutuamente en la vida simbólica de las sociedades.

En el rito del "azazel", o "chivo expiatorio", se desplaza sobre un animal la totalidad de las culpas colectivas para expulsarlas y gestionar así la crisis comunitaria por medio de la transferencia. Azazel en la tradición judeocristiana, es el ángel caído corrompido.


En "Fedro", Platón presenta el mito de la invención de la escritura como un phármakon que se ofrece como remedio para la memoria, pero que actúa como causa de su debilitamiento al volverla dependiente de una exterioridad que disuelve la dinámica del logos vivo.

Como señala Platón en la precitada obra, "es un olvido lo que producirán en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose a lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, mediante caracteres ajenos" (Platón, 1999, p. 402).

En este sentido, la escritura funciona también como un chivo expiatorio: es señalada como la responsable del deterioro intelectual y moral del saber auténtico.

Esta tensión sitúa a Platón en diálogo con las críticas contemporáneas a la técnica y a la automatización de la experiencia, desde Martin Heidegger hasta Bernard Stiegler, donde se reconoce que toda mediación técnica introduce una reconfiguración de la experiencia y de las relaciones de responsabilidad.

Para Stiegler, la técnica es intrínsecamente farmacológica. Al delegar nuestras capacidades en dispositivos, sufrimos una "proletarización" del espíritu donde el remedio que expande nuestro alcance envenena nuestra autonomía.

Él mismo advierte en su obra que "si todo objeto técnico es un phármakon, el diseño y la puesta en marcha de una nueva organización social deben ser pensados como una práctica farmacológica, es decir, como una terapéutica" (Stiegler, 2015, p. 82).

Pues bien, el capitalismo de la atención, en la actualidad, explota esta naturaleza, utilizando plataformas que prometen conectar pero que, simultáneamente, fragmentan los lazos públicos y destruyen la consistencia del deseo.

La técnica posmoderna, desde los psicofármacos hasta las inteligencias artificiales, opera hoy como un phármakon cultural que, al intentar resolver carencias, introduce nuevas dependencias y modos de alienación.

Estrategia de control

Esta lógica farmacológica tiene implicaciones profundas en la salud mental contemporánea. El remedio psicofarmacológico puede restituir funcionalidad, pero simultáneamente domestica la pluralidad emocional.

Al medicar la angustia sin interrogar sus causas sociales, se utiliza el fármaco como un chivo expiatorio que suprime el síntoma para restaurar la productividad, silenciando la pregunta por el sentido de una cultura que enferma a sus miembros.

La medicalización funciona como una estrategia de control que desplaza el conflicto al terreno de la patología privada, reduciendo al sujeto a una "nuda vida" bajo estados de excepción, tal como describe Giorgio Agamben.

Para comprender lo precedentemente señalado, es necesario desentrañar cómo la psiquiatrización de la existencia no es solo un acto clínico, sino un dispositivo biopolítico que despoja al individuo de su dimensión ciudadana.

En la arquitectura del pensamiento de Agamben, la "nuda vida" representa aquella vida biológica elemental que ha sido separada de su forma política y jurídica, quedando expuesta a una violencia soberana sin mediaciones. Como él mismo explica, "el protagonista de este libro es la nuda vida, es decir, la vida matable e insacrificable del 'homo sacer', cuya función esencial en la política moderna hemos intentado reivindicar".

Bajo esta luz, la precitada medicalización posmoderna opera al transformar el malestar -a menudo derivado de fracturas sociales o existenciales- en un mero desajuste neuroquímico individual.

Al etiquetar la ansiedad como una patología privada, el sistema declara un "estado de excepción" sobre el cuerpo del sujeto: se suspende su capacidad de acción y se lo reduce a una existencia puramente biológica que debe ser administrada.

El resultado de esto es la producción de una subjetividad dócil, donde la salud se define por la funcionalidad orgánica y no por la libertad, confirmando la tesis de Agamben de que "la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano".

De este modo, el fármaco actúa como el instrumento que garantiza la reclusión del conflicto en el silencio del organismo, impidiendo que el síntoma se convierta en una pregunta política abierta.

Complementariamente, no debemos olvidar el señalamiento de Sigmund Freud cuando describía el malestar de la cultura al expresar que "la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso decisivo de la cultura" (Freud, 1930/1992, p. 94), es decir, una transición que impone límites y represiones cuyas tensiones demandan permanentemente una salida sacrificial.

Por su parte, Jacques Derrida, en "La farmacia de Platón", sostenía que el "phármakon" constituye una unidad de sentido que se sitúa antes de la oposición entre el bien y el mal, la salud y la enfermedad.

Selección de una víctima

Al calificarlo como "indecidible", el autor se refiere a aquellos términos o procesos que, aunque habitan el sistema de oposiciones (como remedio/veneno), no pueden ser comprendidos bajo ninguno de sus polos. En su obra fundamental sobre este tema, Derrida afirma que "el phármakon es el movimiento, el lugar y la reserva de la diferencia.

Es la diferencia la que, antes de ser la distinción entre el bien y el mal, la libertad y el imperativo, la presencia y la ausencia, permite que se articulen entre sí" (Derrida, 1995, p. 82). Bajo el precitado marco, "habitar la ambivalencia significa renunciar a la pulsión racionalista de decidir si algo es 'exclusivamente' curativo o 'exclusivamente' dañino".

Resolver esta tensión mediante la "violencia simbólica" implicaría forzar una definición unívoca, lo cual suele derivar en la lógica del chivo expiatorio: expulsar una parte del concepto (el "veneno") para purificar la otra (el "remedio").

¿Estamos preparados para construir una comunidad que reconozca sus heridas sin buscar siempre una víctima que las absorba? Una "clínica de la cultura", por ejemplo, debería proponer una ética de la integración en lugar de una de la expulsión.

Pues bien, Derrida agudiza la reflexión al demostrar que el phármakon es precisamente aquello que "no se deja dominar por ninguna de las oposiciones de la metafísica, pues las comprende a todas, las desborda y las trabaja desde dentro" (Derrida, 1995, p. 91).

Por tanto, la ética de lo indecidible nos obliga a sostener la mirada en la contradicción, reconociendo que la suplementariedad -el hecho de que todo remedio añade algo que altera lo original- es una condición ineludible de la cultura y la técnica.

Complementariamente, René Girard aporta la trama antropológica a este fenómeno: la violencia mimética genera crisis que precipitan la selección de una víctima para cristalizar las tensiones y restaurar el orden mediante su eliminación ritual.

La eficacia del sacrificio reside en su función simbólica de permitir la catarsis colectiva, convirtiendo al chivo expiatorio en la versión social del phármakon: cura a la comunidad en la medida en que envenena a uno.

Como afirma Girard en "El chivo expiatorio", "la víctima es el pharmakós, que es, a la vez, despreciable y preciosa, porque se la debe expulsar con horror pero se la debe conservar con el mayor cuidado, ya que es la portadora de la salvación comunitaria" (Girard, 1986, p. 54).

En la modernidad, estas funciones sacrificiales toman formas tecnológicas y políticas muy puntuales. Migrantes, pobres y disidentes cumplen hoy la función de chivos expiatorios en discursos políticos que buscan ordenar la incertidumbre. Los discursos de odio posmodernos no son exabruptos irracionales, sino operaciones de ingeniería sacrificial.

El odio funciona como un phármakon identitario que ofrece la cura inmediata a la angustia mediante la designación de un culpable. Según Freud, "el odio no es un afecto primario, sino el resultado de una desilusión del narcisismo que busca en el otro el receptáculo de todo lo que el yo no puede tolerar de sí mismo" (Freud, 1915/1991, p. 124).

Esta proyección busca exteriorizar en un "otro" los aspectos repudiados del grupo, lo que Jung denomina la "sombra colectiva", la cual interpretamos como el estrato de la psique social que agrupa los impulsos, tendencias y verdades que una cultura rechaza por considerarlos inferiores o inmorales.

Según Carl G. Jung, el peligro de esta estructura radica en que lo no reconocido no desaparece, sino que se proyecta hacia el exterior con una fuerza compensatoria.

En su obra fundamental, Jung afirma que "el individuo no se da cuenta de que proyecta en el otro su propia sombra; la consecuencia de ello es que este 'otro' se convierte en un objeto de odio y desprecio, y el individuo se siente a sí mismo como alguien superior y limpio de toda falta" (Jung, 1959, p. 145).

Reconocer las heridas

Esa proyección en un "otro" permite, o intenta permitir, que la comunidad recupere una coherencia ilusoria a través del sacrificio simbólico de su víctima. Frente a esta dinámica, una "clínica de la cultura" debe proponer una ética de la integración en lugar de una de la expulsión.

En lugar de tratar el malestar como algo que debe ser extraído mediante la farmacología o el chivo expiatorio, debe ser abordado como un síntoma que revela las fallas de la estructura simbólica de la sociedad.

Integrar la sombra implica reconocer, como sostiene Jung, que "la sombra es una parte viva de la personalidad y, por lo tanto, no puede ser eliminada mediante ningún tipo de exclusión, sino que debe ser aceptada y asimilada para que la personalidad pueda alcanzar la totalidad" (Jung, 1959, p. 152).

Así, la tarea clínica no consiste en "curar" al grupo mediante la eliminación del síntoma, sino en obligar a la comunidad a hacerse cargo de su propia oscuridad constitutiva, evitando que esta se convierta en la hoguera de un tercero. La redención de este ciclo se encuentra en la posibilidad del perdón y el papel que juega el arte en nuestra cultura.

Para Hannah Arendt, el perdón es la única reacción que actúa de nuevo y de forma inesperada, liberando a la comunidad de las consecuencias irreversibles del acto y desactivando la necesidad sacrificial de la venganza.

En sus palabras, "el perdón es la única reacción que no simplemente 'reacciona', sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, librando de las consecuencias del acto tanto a quien perdona como a quien es perdonado" (Arendt, 2009, p. 258).

Por su parte el arte opera como un phármakon capaz de sublimar la violencia social en una nueva forma de verdad. A diferencia del sacrificio, el arte no destruye la vida, sino que utiliza la herida de la experiencia para revelar la profundidad humana, permitiendo una catarsis simbólica que no requiere de víctimas reales.

Pero este último, es un tema para abordar extensivamente en otra ocasión. Para ir cerrando, es necesario indicar que la posibilidad de una clínica de la cultura nos sitúa ante la responsabilidad ética de renunciar al alivio moral que proporciona el señalar a un culpable.

Si el chivo expiatorio ha sido el cimiento invisible de todo orden colectivo,... ¿estamos preparados para construir una comunidad que reconozca sus heridas sin buscar siempre una víctima que las absorba?

Aceptar el síntoma en lugar de medicarlo implica abrazar un malestar que nos mantiene alertas frente a las injusticias, pero ¿qué ocurriría si dirigiéramos esa energía hacia la co-responsabilidad por los daños en lugar de hacia la expulsión del diferente?

Sin dudas, debemos cuestionar si la estructura de nuestras detonadas democracias técnicas no está diseñada para producir chivos expiatorios industriales que sostengan su inercia. Si el orden social actual necesita generar enemigos internos para evitar mirar su propio vacío, la única salida es una transformación radical de nuestra relación con el phármakon del poder.

¿Es posible una política que admita la ambigüedad de las soluciones y que no delegue la responsabilidad última en los dispositivos tecnológicos? Finalmente, cabe preguntarse si estamos dispuestos a soportar la incertidumbre de una cura que no promete una seguridad total.

La madurez ética consiste en negarse a delegar la compra propia en otro sacrificial y en inventar maneras de procesar la culpa que no requieran la violencia. ¿Podremos transformar la necesidad de expulsión en prácticas de reparación que no oculten la economía del alivio moral, sino que la desarticulen definitivamente a través de la responsabilidad compartida?

El autor es docente, escritor y filósofo.

Referencias Bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Barcelona: Paidós.

Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Biblia de Jerusalén (2009). Levítico 16. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Derrida, J. (1995). La farmacia de Platón. Buenos Aires: Editorial Tormenta.

Freud, S. (1915/1991). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras Completas (Vol. XIV). Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1930/1992). El malestar en la cultura. En Obras Completas (Vol. XXI). Buenos Aires: Amorrortu.

Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. Barcelona: Anagrama.

Jung, C. G. (1959). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.

Platón. (1999). Fedro. En Diálogos III. Madrid: Gredos.

Stiegler, B. (2015). Lo que hace que la vida valga la pena: de una farmacología positiva. Madrid: Alianza Editorial.

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