El horizonte como página en blanco se presentó en un tiempo en que la llanura santafesina no era más que un verde infinito, un desierto de pastizales interrumpido apenas por el galope del viento y el murmullo de los ríos.
La literatura santafesina explora el legado de los inmigrantes del siglo XIX, quienes transformaron la llanura en un hogar, entre el dolor y la esperanza del desarraigo.

El horizonte como página en blanco se presentó en un tiempo en que la llanura santafesina no era más que un verde infinito, un desierto de pastizales interrumpido apenas por el galope del viento y el murmullo de los ríos.
Para los miles de hombres y mujeres que promediando el siglo XIX descendieron de los barcos en los “puertos” de Santa Fe, ese horizonte inmenso no fue una postal de bienvenida, sino una página que debían escribir.
Traían en los ojos el espanto de las guerras europeas, el hambre de las tierras envejecidas y, sobre todo, el peso del desarraigo. Llegaban con las manos vacías de certezas, pero llenas de semillas para sembrar esperanzas.
La historia oficial ha pretendido medir esta gesta con la frialdad de los números: quintales de trigo cosechados, hectáreas alambradas, kilómetros de vías férreas trazadas sobre la tierra desierta, sin asumir que la verdadera fundación de la nueva provincia no fue un milagro puramente económico, sino fue una transfiguración estética y cultural.
El inmigrante necesitó nombrar las cosas para adueñarse de ellas; necesitó que la literatura hundiera su propio arado en la llanura para transformar la geografía en Patria, y el suelo extranjero en un hogar definitivo.
Esta metamorfosis ha sido custodiada por una sólida tradición de pensadores y artistas que entendieron que la mayor riqueza de la provincia no radicaba en sus cosechas, sino en la memoria de sus hombres.
Los estudiosos del pasado son los pioneros del rescate académico e historiográfico, para que la voz del colono no se diluyera en el anonimato, por lo tanto, fue urgente la aparición de investigadores rigurosos que asumieron la tarea de construir el mapa humano de la provincia.
En las aulas y laboratorios del Conicet, la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y la Universidad Nacional de Rosario (UNR), se consolidó una escuela del pensamiento migratorio. Pioneros como Manuel Cervera, considerado el padre de la historiografía santafesina, sentaron las bases analíticas del poblamiento temprano y el reparto de tierras.
Décadas más tarde, Ezequiel Gallo publicaría La pampa gringa, la investigación definitiva que demostró cómo la revolución agrícola alteró para siempre el orden socio-político de la región entre 1870 y 1910.
En la contemporaneidad, este bastión fue abrazado por investigadores que clarificaron la mirada, y allí surgieron geógrafos y demógrafos como Gustavo Peretti que se abocaron al análisis de los flujos territoriales, mientras que intelectuales como Edgar Gabriel Stoffel desentrañaron el nexo sagrado entre la ocupación del territorio, el catolicismo y el desarrollo del departamento Las Colonias.
Asimismo, la academia actual abrió paso a especializaciones profundas con Mónica Baretta que se detuvo en las formas de alfabetización y comunicación escrita de los colonos rurales del siglo XIX, mientras que Carina Silber rescató la singularidad de la colonización judía agraria en enclaves fundamentales como Moisés Ville.
Juntos, transformaron el duro dato de archivo en una radiografía del alma santafesina. Las dos caras de la llanura surgen entre la leyenda y el surco sangrante, para esta mirada es imprescindible el abordaje estrictamente literario de la inmigración en Santa Fe, que se debate entre dos grandes matrices estéticas: la épica y el realismo crítico.
Por un lado, habita la sacralización de la labranza que encontró la voz de José Pedroni, cuando en los versos de "Monsieur Jaquín", escritos para el centenario de la emblemática colonia Esperanza, el centro santafesino se vuelve un territorio místico. Pedroni canta al buey de tiro, al sembrador piamontés y a la partera del pueblo.
En su poesía, la tierra es una esposa fértil que se entrega al colono; el nacimiento del primer hijo criollo de esa estirpe extranjera funciona como un bautismo que amarra la raíz al suelo. El pan, en la poética pedroniana, es un símbolo de paz conquistada tras el dolor del mar.
Sin embargo, detrás del resplandor del trigo, la literatura santafesina supo mirar la sombra y fue el Maestro Gastón Gori quien alzó la voz para desmontar la postal idílica del colono feliz.
A través de sus ensayos y ficciones de realismo agrario como "Interrogante de la pampa gringa", "El camino de las nutrias" o "El desierto tiene dueño", denunció las trampas de los contratos de arrendamiento, el desamparo legal del recién llegado y el choque doloroso -y muchas veces violento- con el gaucho nativo.
La llanura, en esta otra vertiente, ya no es un templo de fecundidad, sino un espacio de soledad absoluta, donde se desvanecían las ilusiones de las familias campesinas frente a los abusos del latifundio. La riqueza de los géneros y los archivos de la distancia implicaron la reparación cultural, que ha demostrado ser un fenómeno plurigenérico.
No se limitó a la novela o al poema tradicional; debió hurgar en las hendiduras de los "géneros menores" y los documentos privados. Intelectuales de la talla de José Luis Víttori y Eugenio Castelli recurrieron al ensayo de crítica literaria para estudiar cómo la matriz cultural europea modificó el mapa estético provincial, acuñando categorías fundamentales como la "Literatura del Litoral".
Por su parte, la inolvidable escritora y gestora cultural Adriana Crolla hizo un sistemático trabajo sobre la literatura de viajes y crónicas decimonónicas. Su minucioso estudio y traducción de las obras de Lina Beck-Bernard permitieron recuperar la mirada transatlántica de las mujeres que observaban la flora, la fauna y las costumbres coloniales de la Santa Fe de 1850.
Su legado no se puede entender como una sucesión de títulos académicos o libros publicados, porque en ella fue, fundamentalmente, la historia de una obsesión vital y ética, al comprender antes que nadie que la memoria de la inmigración santafesina corría contra un reloj invisible.
Las voces de los últimos testigos directos se apagaban, los dialectos se diluían en el castellano urbano y las viejas cartas y fotografías familiares terminaban arrojadas a la basura o carcomidas por la humedad de los roperos viejos.
Su objetivo no radicaba en acumular papeles para el polvo de las bibliotecas universitarias, sino con una certeza profunda vislumbró que la historia de la provincia le debía una reparación a sus migrantes, y esa deuda solo podía saldarse a través de la literatura.
El rescate contra el olvido implicó la necesidad de llenar los "espacios de vacancia" y ahí se embarcó en un proyecto lleno de silencios, voces que desaparecían, herederos que no habían custodiado el material oral y escrito irrecuperable.
Su ímpetu y su generosidad arrastraba con un entusiasmo contagioso a colegas y alumnos en verdaderos periplos de búsqueda arqueológica. Su enfoque tenía un norte claro: detectar y llenar aquellos vacíos donde la historia oficial se había olvidado de las personas de carne y hueso.
Para ella, un censo o un plano catastral eran estructuras muertas si no se las analizaba desde la subjetividad del colono. Por eso, su empeño se dirigió a recolectar lo que la academia tradicional consideraba "desechos" como fragmentos de diarios íntimos, recetas con anotaciones al margen y correspondencia privada.
Entendía que en la literatura epistolar latía la verdadera dimensión del trauma migratorio y que la palabra escrita era el único soporte capaz de ganarle la batalla a la desmemoria. En ese transitar se propuso desmitificar la "Tierra Prometida" desde la literatura y desmontar el relato romántico de la "pampa gringa" como un paraíso de ascenso social rápido y pacífico.
Utilizó la literatura y el análisis crítico para demostrar que el proceso colonizador santafesino estuvo marcado por el dolor, la soledad radical de la llanura, los conflictos con los pueblos originarios, la intolerancia religiosa y la explotación brutal de los terratenientes (cuyo estallido literario y social decantaría en el Grito de Alcorta de 1912).
La literatura, bajo su lupa, era un espejo incómodo. Buscaba en los poemas de la región el rastro del miedo a la langosta, la desesperación ante la pérdida de la cosecha y la profunda crisis existencial del desarraigo.
El concepto de "Gringo" frente al puerto fue una de sus mayores batallas teóricas que nació de una indignación intelectual al identificar que los investigadores europeos que estudiaban la inmigración en Argentina solo tenían acceso a los materiales que se producían en Buenos Aires. Para el mundo, la literatura del inmigrante era el sainete, el tango y el cocoliche del conventillo porteño.
El interior no existía y de esa verdad que clamaba nació la responsabilidad asumida de manifestarle al mundo académico que coexistía otra inmigración en la Pampa Gringa santafesina, una matriz rural con una lírica propia (el "Parnaso Gringo" de Pedroni, Vecchioli, Nari, Carlini, Balbi…) donde el lenguaje no se usaba para la queja urbana, sino para rebautizar la tierra y conversar con el futuro.
Su decisión eternamente agradecida fue reivindicar la palabra gringo no como un insulto o una caricatura teatral, sino como una categoría estética y una filosofía del trabajo.
A esto le sumó la mirada de género a través del silenciamiento de las mujeres, aquellas que acompañaron a sus hombres a cruzar el mar, a parir hijos en el dolor y a padecer los avatares de una tierra que no terminaba de aceptar la presencia de miradas y voces ajenas.
A partir de los años 80, Crolla introdujo con fuerza una perspectiva que terminó de definir su mirada sobre la antropología del género aplicada a las letras migrantes. Sostenía que la emigración femenina había sido doblemente invisibilizada. Mientras el hombre figuraba en las actas de propiedad y los contratos agrícolas, la mujer quedaba recluida al silencio de la vida doméstica.
Su necesidad por traducir y rescatar a Lina Beck-Bernard o promover antologías escritas por mujeres actuales respondía a la justicia poética: rescatar el cuerpo de la mujer que paría en la absoluta soledad del campo, que sostenía la economía no asalariada de la colonia y que transmitía, a través de canciones de cuna en dialecto, la última línea de defensa de la identidad originaria.
Un coro de voces nombra la melancolía del dialecto regional cuando el entramado poético santafesino se nutre de una polifonía geográfica y temporal ineludible, que recibió innumerables grupos de inmigrantes de distintas regiones de Europa. Mientras Pedroni construía la épica del centro provincial, Mario Vecchioli le cantaba al silencio y al rigor del centro-oeste desde la ciudad de Rafaela.
En obras como "La huraña palabra", Vecchioli abandonó la celebración colectiva para habitar la melancolía del departamento Castellanos, homenajeando las manos agrietadas del abuelo gringo y el peso ético del esfuerzo silencioso bajo el polvo de los caminos rurales.
En el sur provincial, Jorge Isaías actuó como el eslabón hacia la modernidad con su "Crónica de gringos" al introducir en la alta poesía los rituales cotidianos de los pueblos: las partidas de bochas, la preparación de la salsa de tomate, el almacén de ramos generales y el insulto piamontés en el boliche de campo, apoyándose en una memoria fuertemente sensorial.
En el ámbito urbano, principalmente en los conventillos e industrias de Rosario, investigadores de las letras como Osvaldo Aguirre se dedicaron a rescatar la dramaturgia popular, las huelgas obreras y el sainete costumbrista demostrando que la inmigración también tenía una potente y ruidosa voz citadina.
Profundizar en la poesía santafesina implica adentrarse en un ejercicio de estudio íntimo, porque los poetas de este siglo ya no contemplan el barco en el horizonte ni limpian el sudor de la labranza; en su lugar, abren cajones de madera, traducen cartas carcomidas por la humedad y rastrean el eco de dialectos extintos para rescatar la herencia familiar desde la postmemoria.
A través de estéticas despojadas, el verso libre y una marcada mirada de género, autores como Hugo Mandón, dedicó versos a la mística de la llanura cultivada, continuando la posta del paisaje que Pedroni inauguró, donde el trigo y el lino son vistos como milagros sembrados por manos extranjeras.
Beatriz Vallejos aborda la lírica del litoral desde una perspectiva más intimista y ligada al paisaje del río Paraná; poetas de generaciones posteriores reinterpretaron el mestizaje cultural cotidiano dejado por los abuelos extranjeros, uniendo la herencia criolla con la inmigrante.
La confluencia de autores como Beatriz Bolsi, Oscar Agú, Julio Gómez, Felipe Cervera, María Luisa Ferraris, Verónica Capellino, Susana Andereggen, Nicolás Rojo, César Bisso, Candelaria Rivero, Guido Abel Tourn Pavillon y Jorge Fandermole entre otros, ofrecen una radiografía de la inmigración santafesina, abordada a través de un mosaico multidisciplinar.
Dicho mosaico multidicsciplinar conecta la poesía y narrativa íntima, la rigurosidad sociológica, la música popular y el rescate de la memoria familiar. Y, justamente, los citados configuran una parte del mapa actual de los inmigrantes identificados como Gringos.
Este abanico de versos y prosas se completa con escritores que plasmaron la herencia fusionada con el paisaje fluvial del Paraná, recreando el trauma del hacinamiento en tercera clase del barco de vapor y la dualidad dolorosa de pertenecer a dos mundos.
La posmemoria es el rastro en la sangre contemporánea, y ahora podemos decir que la literatura sobre la inmigración en Santa Fe ha cambiado de naturaleza.
Este movimiento de reivindicación ha cristalizado en hitos colectivos fundamentales, como la reciente publicación de la imprescindible obra "Memorias del desembarco" donde participan más de veinte autores de la región, libro de más de 400 páginas que demuestra que la literatura actúa como una deconstrucción del mito migratorio.
Ya no se trata de un relato homogéneo, el lejano proyecto de Adriana Crolla fue retomado por sus alumnas de la UNL para a través de ensayos históricos literarios se recuperan voces, historias personales, a la par de crónicas cuando el valor del género epistolar y los diarios íntimos suman un material imprescindible.
Esta Antología contemporánea fue coordinada por Susana Bergandi y quien esto escribe, ambas profesoras en Letras, que nos abocamos a convocar a un grupo de escritores e historiadores que se atrevieran a sumar documentación, cartas familiares, mapas, fotografías.
En esos papeles amarillentos latía una microhistoria del desarraigo, donde las palabras extranjeras se contaminaban con el habla criolla para dar vida a otra forma de bautizar: agua, pan, río, sol. Las nuevas poéticas abren el juego a las colectividades sirio-libanesas, judías, francesas, japonesas…
Y reparan de forma prioritaria en las olvidadas crónicas familiares, donde las mujeres de la colonia están habilitadas a despertar sus silencios y transformarlos en justicia literaria. Las claves del libro son la investigación rigurosa, la diversidad de corrientes migratorias abordadas, la magnitud y profundidad de los textos y el protagonismo regional.
"Memorias del desembarco" fue un sueño que no llegó a ver concretado Adriana Crolla, para hojear las páginas del libro que tanto había deseado. No quería que la literatura de la inmigración fuera un objeto de estudio insensible, quería que fuera un acto de postmemoria activa.
Este trabajo es el testimonio de su fe inquebrantable en la literatura como el único territorio donde los muertos pueden volver a hablar, donde las distancias se acortan y la historia de Santa Fe, finalmente, se preserva ensamblada por el afecto y las letras.
En síntesis, la tierra ganada es motivo recurrente que cruza toda la literatura santafesina de la inmigración, desde los pioneros históricos hasta los poetas que hoy habitan nuestras universidades y talleres enfocando sus análisis en los cementerios rurales ese espacio humilde, cercado por cipreses y coronado por cruces de hierro forjado en medio de la inmensidad de la llanura.
Todos los autores coinciden en una certeza lírica, ya que un pueblo deja de ser extranjero en una tierra no cuando cosecha su primer trigo, sino cuando entierra a su primer muerto. Cuando los cuerpos de los viejos gringos pasaron a formar parte del humus santafesino, la geografía y la sangre se fundieron para siempre.
La literatura de Santa Fe ha sido el guardián de ese pacto secreto y al rescatar las voces del pasado, al cantarle al surco, a la distancia y al mestizaje lingüístico, nuestros escritores e investigadores no han hecho otra cosa que recordarnos quiénes somos: los hijos de una llanura indómita que aprendió a hablar, a sentir y a trascender a través del dolor y la esperanza de los que llegaron del mar.
Todos somos hijos de migrantes en las variantes más insólitas. Nadie abarca todos los conocimientos y se puede considerar experto en la materia. Con nuestros aportes reconstruimos retazos de historia retomados por hábiles manos que las transforman en palabras.
La autora es profesora en Letras UNL.
El cielo santafesino se prepara para una "Luna de Sangre": cuándo y cómo observar el evento del año
El Unión del segundo no tuvo nada que ver con el del primero
Retiraron por error los restos de un hombre en el Cementerio Municipal: la explicación oficial
¡Con goles de Menossi y Tarragona! Unión ganó 3-1 contra Aldosivi
En vivo: así cotiza el dólar hoy, viernes 21 de agosto, en Argentina