Es Messi y su insistencia. Es el fútbol argentino y su historia. Es un pueblo futbolero ávido de una alegría que tape, al menos por un buen rato, las penas diarias. Es el fútbol y esta cita que se renueva cada cuatro años y hoy se ha instalado en esta tierra tan lejana como inhóspita, desacostumbrada a estas aglomeraciones populares y voluminosas. Es la selección de Scaloni, conductor de un proceso que se hizo mejor de lo que muchos pensaban –me incluyo- y que ahora tiene frente a sí una oportunidad histórica. Será el último Mundial de Messi. Al menos, el último en un nivel de madurez que no está exento de la calidad, la jerarquía y el desequilibrio que seguramente no perderá, pero que de a poco irá disminuyendo por una cuestión lógica de edad.

































