No había que fallarle a nadie. Ni a Messi que estaba en el banco, ni a Scaloni que estaba en un palco, ni a los campeones del 86, que este 29 de junio festejaban 38 años de aquella gesta mexicana. La selección cumplió con esa premisa que se ha transformado en costumbre: la de ganar. Es increíble la manera tan fácil y accesible que tiene este equipo para lograr dos propósitos: 1) la victoria; 2) el dominio del trámite del partido desde la tenencia casi absoluta de la pelota. Perú quedó minimizada a su máxima expresión. Jamás reaccionó. Y Lautaro Martínez, tremenda figura del partido, se encargó de ratificar que está demonizado con el gol.


































