En 1968, cuando se estrenó “2001: Una odisea del espacio”, la recepción fue heterogénea. Algunos reconocieron en ella una especie de bisagra en la historia del género, otros vieron una serie de aparatosas reflexiones científicas, filosóficas y antropológicas unidas por una rebuscada línea argumental. De hecho, consta en las crónicas que, durante el estreno, el actor Rock Hudson se levantó indignado de su butaca y preguntó: “¿Alguien sabe de qué demonios va todo esto?”. El tiempo, sin embargo, no le dio la razón al actor de “Gigante”. Es que la ciencia ficción ingresó en una nueva etapa a partir de la obra de Stanley Kubrick, quien demostró que ese género hasta entonces considerado menor podía ser un vehículo para meditar sobre el origen y el destino de la humanidad. Algo similar le pasó a Ridley Scott a principios de los ‘80 cuando rodó “Blade Runner”, a la postre considerada también obra maestra. Tras una sesión privada, obligado por los productores, debió modificar el final previsto (que luego retomó en su edición de 1992) y colocar un happy end algo fuera de foco respecto al tono sombrío del film.



































