Hay cuatro imágenes imborrables en la vida de este hombre. Una es el llanto desconsolado en Córdoba después de perder la increíble final con Banfield; otra es la del accidente en el mejor momento de su carrera, bajando de la circunvalación de la costanera; las más felices se dieron la noche del gol a Unión en tiempo de descuento para ganar el clásico y el golazo en Tucumán en la primera final por el ascenso. Por las buenas y también por las malas, porque surgió de Colón, porque jamás pensó en otra cosa que no sea en Colón, porque se ganó el amor de la gente, lo generó, lo cuidó, le correspondió y nunca lo traicionó. Por todo eso, el hincha lo elevó al pedestal de ídolo. No importa en qué lugar, comparado con otros grandes de la historia. "Chupete" Marini está ahí, en ese sitial selecto, exclusivo, reservado sólo para aquéllos que dejaron una huella imborrable. Ese surco de amor mutuo será eterno. Jamás podrá perderse, ni siquiera lo hará el tirano paso del tiempo cuando se convierte en condenatorio al olvido, el nombre de Adrián Marini que está guardado en ese cofre al que sólo acceden los que sacan el pasaporte eterno a la idolatría.


































