Cuentan que en ciertas noches, bajo las ramas que cuelgan de los árboles de las calles de barrio Constituyentes, en medio de la oscuridad se oye el eco de una voz que se pregunta adónde está el maniático explica mundo. Lo chusmean las señoras que barren mientras esperan para ver si pasó la basura. El tipo que soñaba con ser el sexo símbolo de la paquetería anda bailando, ofreciendo su sangre en el banco dador del Italiano. Por la vereda de en frente pasa silbando Gustavo Angelini, el Tavo. Para la oreja. Se lleva un puñado de canciones que más tarde cantará sobre un escenario, bajo una jaula de huesos, animando un pogo celebratorio, en carneviva.

































