Armando se deja acompañar un rato. Arrima una silla plástica rota que se solivia con un tacho de pintura de 20 litros. Saca el termo que ya tiene agua caliente (está tibia), tira un poco de yerba en el mate y lo ensilla. Hay libros, hay un sol de noche, un tridente de diablo rojo, un patito de goma amarillo, un florero vacío y roto, sahumerios, campanitas, una sombrilla y hasta una silla donde ya no se sienta un bebé. Objetos cirujeados componen su hábitat. También hay cuadros colgados sobre el paredón callejero. Una miseria estética, sutilmente ordenada, prolija.