"Permítanme recomendarles, sinceramente, un estudio al que pueden acceder libremente y recibir en abundancia la instrucción más segura y confiable. El estudio de la Naturaleza".
Fue uno de los fundadores de la Escuela del río Hudson. Trabajó en los bosques del noreste de Estados Unidos con un tipo de pintura donde la observación de la naturaleza, la luz y la espiritualidad se encuentran y dialogan entre sí.

"Permítanme recomendarles, sinceramente, un estudio al que pueden acceder libremente y recibir en abundancia la instrucción más segura y confiable. El estudio de la Naturaleza".
Asher B. Durand, que falleció hace 140 años, el 17 de septiembre de 1886, fue uno de los fundadores de la Escuela del río Hudson, considerada la primera escuela de pintura autóctona de Estados Unidos. Y fue también el pintor que, durante gran parte del siglo XIX, estableció, junto a Thomas Cole, qué debía entenderse por paisaje americano.
Formado como grabador, abandonó este oficio y el retrato hacia 1837, después de un viaje a los montes Adirondacks y al lago Schroon junto a Cole, y desde entonces dedicó su obra a la observación de los bosques del noreste del país. Su trabajo allí gravitó en la forma de pintar de generaciones enteras de paisajistas norteamericanos.
Durand se formó en el oficio del grabado en el taller de Peter Maverick, en Newark, antes de trasladarse junto a su maestro a Nueva York en 1817. Poco después, hacia 1818, empezó a frecuentar las clases de dibujo de la American Academy of Fine Arts y no tardó en ser el grabador más solicitado.
Esa reputación lo llevó, en 1826, a participar de la fundación de la Drawing Association de Nueva York, germen de lo que con el tiempo sería la National Academy of Design. Durand terminaría dirigiendo esa institución entre 1845 y 1861.
Antes de aquel viaje con Cole, Durand se había dedicado sobre todo al retrato, género en el que había empezado a incursionar alrededor de 1830. Con excelentes resultados, ya que hizo más de 50 retratos de distintas personalidades.
Pero la experiencia de los Adirondacks lo empujó hacia el apunte al natural, tomado frente al paisaje y no reconstruido de memoria en el estudio. A partir de ahí, Durand pasó a ser uno de los defensores más firmes de la pintura de paisaje como fuente genuina de inspiración para el artista americano.
Junto a Cole y Thomas Doughty, integró el núcleo fundacional de la Escuela del río Hudson, el primer movimiento pictórico autóctono de los Estados Unidos, surgido del romanticismo y guiado por una voluntad de independencia respecto de las tradiciones europeas.
Dentro de ese trío inicial, cada uno construyó un registro propio. Doughty prefería las escenas serenas del valle; Cole se inclinaba por lo monumental. Durand, en cambio, desarrolló un lirismo más íntimo, apoyado en un manejo particular de la luz dentro de los espacios boscosos.
En el verano de 1840, Durand emprendió el único viaje a Europa de toda su carrera, acompañado por otros tres pintores que también integrarían la Escuela del río Hudson, John F. Kensett, John Casilear y Thomas P. Rossiter. El itinerario los llevó por Inglaterra, Francia, Alemania, Suiza e Italia.
Ese recorrido influyó en su pintura posterior. La obra de Claudio de Lorena y la del inglés John Constable fueron referencias directas para el modo en que Durand empezaría a construir la luz y la arquitectura interna de sus bosques. A su regreso, en 1841, expuso las telas realizadas durante el viaje y retomó sus expediciones a la región del río Hudson.
La muerte temprana de Thomas Cole, en 1848, dejó a Durand como la figura de mayor peso del paisajismo norteamericano. A eso se sumó, entre 1855 y 1856, la publicación de sus "Letters on Landscape Painting". Allí, Durand expuso los fundamentos teóricos de la Escuela del río Hudson.
"Un arroyo en el bosque", de 1865, sirve para entender ese pensamiento. La pintura, según Paloma Alarcó, muestra árboles de gran tamaño en primer plano cuya monumentalidad se acentúa por el uso del formato vertical, hasta el punto de que las copas parecen exceder el marco mismo del cuadro.
La forma de arco que dibujan esos troncos y el modo en que la luz se filtra por el claro del bosque producen un efecto que Alarcó compara con el interior de una catedral gótica.
Durand, influido por las ideas de Cole, buscaba dotar a la naturaleza de un sentido moral. Los árboles caídos aludirían al ciclo de la vida y al control divino sobre el orden natural, mientras que la luz y las aguas quietas del arroyo serían como atributos de lo sagrado.
La ausencia de cualquier huella humana (solo aparecen un faisán y una ardilla) remite a la idea de América como un nuevo Edén, un territorio donde el paisaje todavía permitía una forma directa de comunicación con lo divino.
Esa misma sensibilidad encontró su equivalente literario en la poesía de William Cullen Bryant, que en "A Forest Hymn" abre sus versos diciendo que "los bosques fueron los primeros templos de Dios".
En 1869, Durand decidió volver a instalarse en Newark, su ciudad natal. Allí, ya consagrado, recibió durante años la visita de artistas más jóvenes que buscaban aprender su método, inspirado en el apunte fiel a la naturaleza y la observación casi científica de cada especie vegetal.
"Cuanto menos evidentes sean los medios y el estilo del artista, más directamente apelará su obra a la comprensión y a los sentimientos", llegó a plantear, según señala la especialista Linda S. Ferber, en "Almas gemelas: Asher B. Durand y el paisaje estadounidense".
Basta observar sus hayas de corteza plateada, pintadas con la minuciosidad de un botánico, para entender una frase que el propio Durand dejó en sus cartas sobre pintura de paisaje: "cada clase de árbol tiene sus rasgos individuales".
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