Escribe Derian: “El golpe había sido de un chingolo, que se acicalaba las alas y se comía los piojos, parado en el marco de la ventana. Qué alegrón se pegó Juanele cuando lo vio. ¿Se conocían de antes, de toda la vida, de otras vidas no vividas en otro plano de la realidad, cuando Juanele, convertido en polvo, convertido en cosmos, dejó posar los pies del chingolo en sus ramas de sauce? Juanele le ofreció la palma de la mano, y el chingolo giró la cabecita con el pico cerrado, su plumaje aterciopelado de suavidad se erizaba de distinción. Y el sol lo mostraba entero, firme sobre sus dos patas finas, y ese anaranjado que le recorría el cuello. Qué belleza, qué belleza, ¿quién no quisiera tener el cuello anaranjado, no anaranjado de cama solar, sino de plumas en la piel, y voltear la cabeza así, todo naranja, y mirar el mundo desde una rama?”