Al hablar de consumos y -sin nombrarlas- de clases sociales, Becerra desenmascara el plan económico de los relatos. [Entre paréntesis, un dato que podría pasarse por alto. De la nada emerge un niño llamado Pastor (¿será la teoría del derrame?) criado por una mano invisible. Quizá su padre sea un tal Mercado, no lo sabemos.] El consumo, vuelve Juan José, se asocia con un “vértigo de máscaras que se van reemplazando”, con “un gesto de poder” del personaje. “Lo que le ocurre a ese hombre es que, al cambiar de geografía social, ve del otro lado un empleo más artístico del tiempo relacionado directamente con la experiencia de sobrevivir. Un pobre sobrevive de un modo más artístico que un rico. El rico tiene, de algún modo, la lámpara de Aladino. Si la lámpara en el cuento de Aladino propone procesos (posibilidades de llegar al milagro a través de procesos), acá ocurre algo parecido. Con el agravante de que no hay milagro: el milagro sería la supervivencia de cada día. El personaje que ‘lo tiene todo’, se encuentra con posibilidades vitales que no imaginaba que existieran. Descubre que eso es vivir. Vivir es estar en un estado de animalidad y de lucha un poco -o bastante- feliz, no neurótica, sin lenguaje, llena de actos, por un día más. Eso, sin que se le plantee ningún tipo de fantasma ideológico, le produce un encantamiento. Yo creo que esa selva de posibilidades (de caminos que se bifurcan, de concentración en durar un poco más) que se abre en la pobreza le da al personaje la belleza que su vida anterior no tenía”.