- Yo siempre tuve olfato de bruja, ¿vio? Cuando sospechaba algo, la pegaba. Intuición, no sé… Esa mañana sentí en el pecho un augurio de espanto. Me levanté y puse la pava en el brasero. Él había madrugado, como de costumbre, y después de soltar el ganado entró a tomar unos mates. El bebé tenía temperatura y respiraba mal. De a ratos lloriqueaba y yo lo hamacaba para calmarlo, pero no conseguía mucho. Tal vez hay que llevarlo al hospital, comenté nerviosa. Se levantó de repente, me sacó al Brunito de los brazos, y golpeó su espaldita contra la pierna flexionada. Sentí crujir su cuerpito de algodón y un gemido seco. Después nada más. ¡No podía creer esa reacción tan brutal!... ¡Sos una bestia! le grité y agarré a mi hijo. Lo miré fijo y encontré un desierto inmenso, ¿sabe? No había arrepentimiento, ni culpa, solo un brillo atroz en las pupilas. Me fui con el bulto acurrucado contra mí, tratando de calentar su carita que se iba enfriando. Caminé mucho, horas… hasta que un auto paró. Cuando la policía llegó, ya no lo encontró. No supe más de él.