Quienes gobernaron en aquel momento, sabían que no cerrar el anillo de defensa del Hipódromo y no advertir a los vecinos y vecinas en tiempo y forma, podía tener un desenlace fatal. Y como suele ocurrir en los momentos límites, salieron a flote tanto lo peor como lo mejor del ser humano. Por un lado, fuimos testigos de la inacción del Estado y de una cadena de irresponsabilidades que demostró que “la corrupción mata”, y que la desidia también lo hace. Inclusive, con un accionar posterior claramente cuestionable de sectores que no llevaron luz sobre los hechos en tiempo y forma, como manera de garantizar impunidad. Por otro lado, esa imborrable e inmensa solidaridad de los vecinos que se ayudaron codo a codo, y desde el dolor de perderlo todo tuvieron la resiliencia necesaria para levantarse otra vez.