Quien atravesó un desierto busca un jardín. Tal vez sea un conjuro a antiguas memorias de la sed. En Marruecos hay jardines fabulosos (porque encierran fábulas y esplendores a la vez). Se podría pensar en los Jardines de Donabo de Tánger, en los Jardines Majorelle de Marraquech, en el Valle de los Pájaros de Agadir, en el Parque de La Liga Árabe (Parque Yasmina), en el Jardín de los Udayas de Rabat (llamado también Jardín Andaluz) o en el Jardín Yenán Sbil, el jardín imperial de Fez. La lista es incompleta, hay muchos más y también fabulosos, pero la enumeración quiere evocar una escena que puede acontecer en cualquiera de estos lugares: la complicidad del mundo vegetal, el ruido del agua que recorre los canales de riego y la fuente central. Cae la tarde y alguien lee unas casidas, esos antiguos poemas árabes que son otro jardín, pero hecho de palabras.


































