Maxi estaba muy contento el jueves 19 de setiembre del año pasado. Tenía 25 años, amaba a su pareja y su familia, había terminado la construcción de su casa y acababa de comprarse la moto de sus sueños, aunque todavía no la había usado. Despertó temprano, fue a trabajar a la mueblería -donde se especializaba en lustrar la madera-. Caminó hasta el galpón, que queda muy cerca. Como siempre, volvió cerca de las 17 a su hogar. Minutos después, sacó por primera vez su Honda Tornado y la llevó hasta el taller. No era nueva y había que cambiarle algunos repuestos. Volvió cuando ya había oscurecido, apurado. Su mujer salía de trabajar, en el centro, a las 21 y él la iba a buscar. Se bañó. Antes de irse, se asomó por la ventana de la casa de su madre -que hablaba por teléfono con una hermana-. Ella le dijo que tenga cuidado y él le respondió que no tenía de qué preocuparse, que regresaría rápido. "Fue la última vez que lo vi con vida, porque cuando me dejaron volver a verlo ya estaba en una bolsa negra", recordó Azucena un año después.


































