Fue un partido “de campito”. O peor todavía. Por momentos, pareció que Atlético de Rafaela y Colón jugaban un partido de rugby y no uno de fútbol. Mucha pelota por arriba y poco por abajo. Mucho juego friccionado, infracciones y demasiada charla. De fútbol puro, nada. Prohibido equivocarse, mucho menos adentro del área o en las inmediaciones de la misma. Y ninguno de los dos pudo o supo aprovechar lo elemental en este tipo de canchas de dimensiones reducidas: las jugadas de pelota quieta.


































