Una cosa es lo que dice, lo que piensa, lo que siente afuera de la cancha. Pero cuando el Pulga Rodríguez se pone la camiseta de Colón, se olvida de sus deseos de irse y parece el jugador más feliz de la tierra. Es contradictorio, ambiguo. No logra generar empatía desde afuera (por lo que desea y dice), pero adentro de la cancha hace cosas de crack, distintas, desequilibrantes. Se olvida de todo. Deja sus propios padecimientos, sus ganas de estar en otro lado y se entrega con todo por el club al que desde que llegó, parece que siempre quiso irse. Pero al que adentro de la cancha defiende con goles, con potrero, con genialidades, desafiando a sus 35 años, demostrando en cada partido que cuando la pelota llega a sus pies, algo bueno seguramente va a salir.


































