Suena un teléfono. Quien atiende escucha una voz tranquila, pausada y sabia. Esa voz pide amablemente: “Por favor, vení a buscarme. Quiero ir a visitar el barrio La Loma”. Quien escucha toma nota urgente del pedido, se sube a su Renault 12 medio destartalado y sale raudamente en busca de Don Jaime. Eran las 9 de la mañana del 25 de mayo de 1994.

































