Salís de tu casa, por Arenales; pero no está lo de siempre, ni en la calle ni en vos. Es que un bellísimo manchón rosado, casi “explotado” de color, te sorprendió en la esquina, y otro a dos cuadras más de tu recorrido. Y vos, que todavía vas medio emponchado, porque el invierno no terminó, llegás al laburo pensando: “¿Qué son esos árboles tan hermoso?”.































