Después la noche se prolongó en festejo. Y mi inolvidable compañero, el Negro Carlos Marcelo Thiery, la describió así: 'En el marco de la puerta de la habitación 801 del Sheraton, rodeado por su familia y sus amigos, Monzón ordena, ¡Vamos todos a la cantina! Cinco minutos después a bordo de su Torino Comahue amarillo, el campeón encabeza la caravana de automóviles (donde descolló un Rastrojero de 'Escopeta Flet', la empresa de los hermanos de Carlos) cabalgando alegremente por la avenida Córdoba, subiendo hacia Almagro, Villa Crespo, Palermo, Chacarita. Aquí está la Cantina de David, en la esquina de Córdoba y Jorge Newbery (que tampoco ya nos queda). Buen provecho y de pie, va a entrar el campeón mundial. Mueran las sopresattas y los ravioles, viva Monzón: todo el mundo se para y aplaude, lo obliga a levantar las manos, a sonreír, a elegir un rincón neutral para los seiscientos pares de ojos que evitan el trabajo permanente de mimarlo con la mirada. Llega el vino, viene el fiambre, aparecen las milanesas de pollo, surgen por las ventanas los primeros diarios del nuevo día con fotos de la pelea. ¡Monzón. Monzón. ¡Monzón!".