-Abordar al chamamé en esta época fue y es para mí un gran desafío, por varios motivos. El primero es que yo no soy correntino, nací en la ciudad de Buenos Aires. Y ya de entrada el chamamecero tradicional a un porteño que dice que hace chamamé lo mira un poco con desconfianza, al menos al principio. El segundo son los recursos. No es un género al que las principales compañías discográficas le pongan especialmente el ojo para la inversión, más allá de gigantes como Teresa Parodi o Las Hermanas Vera. Entonces tuvimos que apostar con lo poco propio para tratar de dar lo mejor que podíamos mostrar. Y un tercero es que el chamamé es un género que no está muy visible en la grilla de artistas de los principales festivales nacionales, como por ejemplo el de Cosquín o el de Jesús María. La oferta chamamecera de estos festivales es realmente muy escasa, a pesar de que hay grandes referentes de altísima calidad. No es una queja, que se entienda bien. Pero es una realidad. Y bueno, yo soy optimista por naturaleza. Entonces no los tomé como “obstáculos”, sino como desafíos. Por eso decidí jugármela por este género porque necesitaba expresarme a través de estas canciones. Porque me recuerdan a la infancia, a la adolescencia, a tantos seres queridos. Porque, como dice la canción de Aldy Balestra que también grabamos, expresa “lo que fui, lo que soy, lo que quiero ser”.