Debe haber pocos casos como el de Nicholas Cage dentro del cine mainstream. En una carrera de casi 40 años, logró dejar su marca en filmes que con el tiempo se volvieron obras de culto, en los cuales su trabajo fue aplaudido por propios y ajenos, al servicio de directores tan exigentes como David Lynch, Joel Coen, Brian De Palma y su tío Francis Ford Coppola, quien lo acercó en su momento al negocio. Pero también aceptó participar en películas penosas, mediocres en todas las líneas, donde su rendimiento interpretativo fue tan pobre que parecía imposible que alguien con la capacidad de sobreactuar hasta ese límite pudiera ganar un Oscar.




































