Si no se hubiera puesto a dirigir películas, Clint Eastwood igual tendría a estas alturas el rango de mito del cine. Es que con sus personajes del cowboy de pocas palabras (en la trilogía del dólar de Sergio Leone) y el duro inspector de policía (en “Harry, el sucio”, de Don Siegel) hizo suficientes méritos para quedarse en el imaginario popular. Pero se puso tras las cámaras y ensanchó su universo artístico, gestando un legado heterogéneo (algunas películas malas, otras regulares y un puñado de obras maestras) con rasgos autorales que lo emparentan a los maestros con los cuales se formó.


































