En 1995, Michael Mann dirigió una película que contiene una escena antológica: un detective (interpretado por Al Pacino) sigue a un ladrón (encarnado por Robert De Niro) en una autopista, a quien ha estado persiguiendo durante un tiempo. El ladrón se da cuenta, detiene el automóvil y, al instante, ambos se encuentran cara a cara. El policía rompe el incómodo silencio: “¿Café?”. En el plano siguiente, ambos están sentados frente a frente. A pesar de la admiración mutua, saben que deben jugar su propio juego, con sus propias reglas, hasta el final. Aunque no son más de cinco minutos, ese fragmento resuena en el espectador hasta el mítico final, que no revelaremos aquí.

































