El título del texto de hoy pertenece a una canción que el cantante Piero usaba para cerrar los recitales allá por 1982/83, momentos en que la música argentina comenzó a llamarse rock nacional. Tiempos en que todos nuestros artistas volvían del largo exilio y con las energías renovadas de saber que de un momento a otro iba a florecer la tan ansiada democracia, de una vez por todas y para siempre. La letra de la canción es sencilla y llena de esperanza y nuevos bríos ante el futuro que se aproximaba; cantada con cierto sesgo de tranquilidad opiácea, Piero y su banda nos arengaba a estar mansos y tranquilos porque todo lo bueno estaba por llegar, y que era alto, brillante y lleno de buenas ondas. Eran los albores de nuestra nueva democracia y nuestra gente, la totalidad de la población, no importaba si era niño, joven o un viejo, estaban inmersos e involucrados en los nuevos vientos de la Argentina que se venía. En mi mirada de pre adolescente todo era una fiesta, todo se vivía con una gran intensidad, no importaban las banderas, las plazas y los estadios se llenaban con cualquier candidato a presidente. La pasión y la alegría era la moneda corriente. La política venía cargada de buena onda, los políticos eran admirados y cercanos a la gente. La televisión ya era en colores y las boinas, las manos cruzadas, los dedos en V, y todas las banderas, todas, flameaban orgullosas en aquellos que las portaban, niños a upa de sus padres, abuelos de desdentadas sonrisas, madres embarazadas, ansiosos adolescentes, jóvenes enérgicos. En aquel 1983 todos tenían un lugar para ser felices. Hace poco más de 40 años atrás, nadie era un idiota.