Más de una vez me preguntaron cómo viví las peripecias de la Constituyente de 1994. Mi primera respuesta fue elemental: "Para un periodista de provincia dedicado a la política, fue el sueño del pibe". No era para menos. Disponer a dos cuadras del diario y a tres cuadras de mi casa del escenario político nacional más selecto durante tres meses era sin duda un privilegio. Y así lo viví. No voy a abundar en consideraciones acerca de la importancia de una reforma constitucional. Me limitaré a decir que fue la única en nuestra historia votada por todos los actores políticos. Nobleza obliga, no me conformó del todo el Pacto de Olivos, pero a esta altura del partido esa objeción no tiene ninguna importancia ante el hecho incontrastable de una Constitución votada desde Álvaro Alsogaray a Chacho Álvarez, desde Raúl Alfonsín a Antonio Cafiero, desde Aldo Rico a Guillermo Estévez Boero.
































