I
Caminar por la ciudad es revivir recuerdos. Cada esquina y cada calle guardan historias que se revelan al paseante que sabe mirar y recordar.

I
Lo repito con frecuencia: uno no sale a caminar por la ciudad, sale a conversar con los recuerdos. O, por lo menos, a ponerse al día con ellos. La ciudad es la página donde están escritos nuestros recuerdos. Mi vida podría escribirla caminando por las calles de mi ciudad.
Cada esquina, cada cortada, cada callejón, cada plaza, cada avenida, tienen palabras para decirme, imágenes que existen si yo las convoco. Solo se trata de saber mirar. O de saber recordar. El escritor Claude Simón aseguraba que para escribir una buena novela alcanzaba y sobraba con caminar cuatro o cinco cuadras alrededor de la casa. Todo está disponible.
De nosotros depende transformar lo que miramos en literatura, música, pintura. O aunque más no sea en crónica. La ciudad está allí. Existe porque yo existo. Es un lugar, un espacio, un territorio. Gente, autos, casas. Una ciudad es todo eso, pero siempre es algo más.
En las calles de una ciudad estamos siempre rodeados de gente, pero nadie puede impedirme, oir ejemplo, que en algún momento me sienta la persona más sola del planeta. En la ciudad trajinan multitudes anónimas, pero de pronto, entre la vorágine, un hombre y una mujer se han detenido para abrazarse y besarse. Y esa imagen adquiere una luz singular, un resplandor fugaz pero hermoso.
II
Estuve cenando hace un par de años en la casa de un amigo que vive en el barrio Roma. Entre el asado y los vinos, los chismes y las historias, se hizo tarde. Una o dos de la mañana, horario en que en otros años recién me preparaba para salir, pero como diría el poeta: "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos".
El amigo se ofreció a llevarme a casa en su auto. Preferí caminar. Quince o veinte cuadras, no es una caminata demasiado larga. Y además la noche invitaba a hacerlo. Noche amable, con estrellas curiosas y luna hospitalaria. Un abrazo al amigo y la promesa de repetir el encuentro, esta vez en mi casa.
Y la caminata por las calles de ese barrio Roma que dispone de su discreto encanto hecho de casas bajas y veredas desparejas. Camino por la calle Paraguay. Al costado, las sombras del Parque Garay y el club de bochas. Me acuerdo de otro amigo que tampoco ya está, un amigo que viajó mucho por el mundo, que le pasaron cosas buenas y cosas terribles, pero por encima de los detalles fue un tipo macanudo.
Alegre, generoso. Me acuerdo de un mediodía en su casa. Me acuerdo cuando me dijo que en algún momento pensaba dejar de viajar y de vivir a mil. Y alquilar una casita frente al Parque Garay y hacerse socio de ese club de bochas para ir todas las tardes a jugar, a compartir una copa con los nuevos amigos y algún asado de vez en cuando, para luego regresar a la casa hasta el otro día.
Cuarteles de invierno, como quien dice. Jugando a las bochas como le gustaba a mi padre. Y en ese club del Parque Garay. No lo hizo. No pudo hacerlo porque se murió antes. Pero ese era su proyecto de vida. No se dio. El problema de la mayoría de los proyectos: no se cumplen
III
En la esquina de Salvador Caputto y avenida Freyre está el bar El Parque. Creo que no se puede escribir la biografía de avenida Freyre sin ese bar que está plantado en la misma esquina desde que tengo memoria. Siempre abierto. En verano y en invierno. Con mesas en la vereda, en el cantero de la avenida o en el salón.
Hace medio siglo me juntaba con los amigos a tomar un café después de haber almorzado en el Comedor Universitario. Tengo una foto en la que estoy solo en la mesa de la vereda del bar. Los cigarrillos y el encendedor. No tengo cara de buenos amigos. La foto me la tomó la chica que terminaba de decirme que no quería ser más mi novia. Manera original de despedirse: regalándome una foto.
Una foto en la que yo estoy con la cara que tiene un tipo cuando la mujer que quiere le termina de decir que se va con otro. Seguramente tenía sus buenas razones. Me habló de un novio del secundario que había regresado. "Y vos sabés… siempre lo quise". Yo no lo sabía -a esas novedades con cuernos incluidos uno nunca las sabe, y cuando las sabe ya no tiene importancia saberlo-, pero así son las cosas.
Mirando a la distancia supongo que "mi chica" tomó la decisión correcta. En aquellos tiempos yo era, como decía mi tío, una bala perdida. Es muy probable que nunca haya dejado de serlo.
IV
¿Qué más decir del bar El Parque? Me acuerdo de un consejo de Raymond Chandler: "Cuando no se te ocurra cómo continuar con la novela poné unos tipos con unas pistolas y todo se arregla". Tiene razón el maestro. En los primeros días de octubre de 1974 el dirigente gremial peronista Juan Mario Russo entró al bar con su esposa y se acomodaron en una mesa dispuestos a cenar.
Eran más o menos las once de la noche de un día de semana. Un Fiat 128 estacionó en la esquina y bajaron cuatro tipos. La situación excedió el consejo de Chandler porque en lugar de calzar pistolas calzaban ametralladoras. Pero bueno, me imagino que a los consejos no siempre se los puede seguir al pie de la letra. Los caballeros, encapuchados -ahora le dicen barbijo- entraron al bar.
Tres de ellos les dijeron a los parroquianos que se quedasen tranquilos, recomendación que, atendiendo los argumentos "manuales" de estos señores, los parroquianos cumplieron al pie de la letra. El enmascarado cuarto se dirigió a la mesa donde estaba Russo y sin decir "agua va" lo liquidó. Cuidadoso de los detalles: a ella, la dama de compañía, no la lastimaron ni con un escarbadientes.
Sin abrir la boca, los señoritos subieron al auto y se fueron lo más campantes. Un par de horas después Montoneros se atribuyó la "ejecución del traidor". Russo fue dirigente del Gremio de la Madera.
Era el obrero que los peronistas universitarios llevaban a la facultad para demostrarnos a los reformistas que ellos tenían obreros en sus filas y nosotros no éramos más que unos despreciables intelectuales pequeños burgueses y gorilas.
Mientras lo escuchaba a Russo hablar en el aula Vélez Sarsfield o el aula Alberdi ponderando las virtudes de Evita y Juan Domingo, jamás se me hubiera ocurrido pensar que dos o tres años después iba a ser ejecutado por traidor por los mismos (o, por lo menos, parecidos) que con tanto entusiasmo lo llevaban a la facultad a darnos lecciones de peronismo.
¿Era un traidor? No lo sé. De lo que estoy seguro es que no merecía morir así.