A comienzos del siglo XX, un joven Evaristo Carriego visitaba habitualmente a la familia Borges, dada la amistad que lo unía con los padres de Jorge Luis, en ese entonces "Georgie" para la familia. En una de esas ocasiones, el poeta entrerriano les recitó un poema que no era propio y significó para Georgie una "brusca revelación". Los versos que en voz alta se escucharon esa noche eran de Almafuerte, que "de algún modo parecía abarcar el universo entero". Al prologar una edición de sus obras, Borges recordó que hasta ese día el lenguaje no había sido para él otra cosa que "un medio de comunicación, un mecanismo cotidiano de signos", pero ese poema le reveló que "podía ser también una música, una pasión y un sueño". Añadió Borges que Alfred Housman había "escrito que la poesía es algo que sentimos físicamente, con la carne y la sangre", y debía a Almafuerte su "primera experiencia de esa curiosa fiebre mágica".



































