“Hay que dar, pero dar hasta que duela”. Si se revisa el siglo XX, la figura de la Madre Teresa de Calcuta es casi tan icónica como la de la recientemente fallecida Isabel II, aunque por motivos muy diferentes. Nacida en Albania en 1910 y convertida en monja en 1928, llegó a Calcuta para enseñar en una escuela y, conmovida por las condiciones de vida de muchos de sus habitantes, consagró su vida a tender una mano a los desvalidos. Como si fuera una especie de eco femenino del propio Jesucristo, se dedicó especialmente a ayudar a los leprosos, que eran millones en India. Estableció la orden de las Misioneras de la Caridad y su labor caritativa se extendió, al modo de un camino de hormiga, por el mundo.































